Las locas, locas aventuras de Johnny Depp

Depp y el juicio de Dios

En la época de la caza de brujas existía una forma muy práctica de juzgar a las sospechosas. El sistema tenía variantes, pero, en puridad, consistía en lanzar a la bruja acusada a un lago atada a un peso. Si flotaba, era una bruja; si se hundía, quería decir que se trataba de una mujer inocente y, pobrecita, se nos ha ahogado.

Este método tenía ventajas: mantenía bajos los costes procesales y funcionaba como método de control demográfico. Además, no hacía falta tener tribunal de apelación, que siempre es un lío.

La mayor desventaja del sistema es que no juzgaba lo que se pretendía, pero no se puede tener todo. Y, para ser sinceros, no todo el mundo lo veía como una «desventaja». Con todo, por algún motivo extraño que el fanático medio no acaba de entender, es una práctica que ha caído en desuso.

Por fortuna, Johnny Depp, jurista de reconocido prestigio, vino al rescate recuperando y perfeccionando el método a través del conocido «juicio por Tiktok». Consiste en lanzar a la bruja al escrutinio de las redes sociales atada a un peso tras haber pagado a un ejército de publicistas que se asegure de que todas las fotos saquen tu lado bueno. El juicio se retransmitirá en directo, los memes en diferido. La verdad está invitada, pero no ha confirmado asistencia.

Habrá un jurado popular que, como su nombre indica, juzga la popularidad de cada parte.

Depp y Errol Flynn

A Johnny Depp le ha ido bien con las películas de piratas. Otro célebre interprete de lobos de mar fue la leyenda de Hollywood Errol Flynn. Y, fíjense qué cosas, en sus años de mayor popularidad el actor fue acusado por dos menores del delito de violación. El juicio ha pasado a la historia porque Flynn, pizpireto y mesmérico, se metió al jurado en el bolsillo mientras sus abogados hacían un resumen de la vida disipada y licenciosa de las acusadas denunciantes, que se atrevían a hacer cosas como tener sexo y abortar (no como Flynn, que se limitaba a tener sexo y hacer que abortasen). No había internet ni redes sociales, así que todo iba un poco más despacio, pero el mensaje llegó.

Todo el mundo sabe que a ese tipo de chicas es imposible que las violen porque andan buscando cosas. Bueno, quizás no todo el mundo, pero el jurado no tuvo dudas, y Errol Flynn pudo seguir haciendo películas en las que daba saltos y se deslizaba por las velas de suntuosos galeones durante el día y tocando el piano con la polla escasa destreza por las noches, que al final es el dato que la gente busca más por internet.

Afirmaba Stephen King hace ya unos cuantos años que según su experiencia la realidad parece ir en círculos o, más bien, en espirales. Así que la vida muchas veces se acaba parodiando a si misma, con ligeras variaciones en cada vuelta. También Marx (Groucho no, el otro) consideraba, en su célebre cita, que la historia se repetía primero como tragedia y luego como farsa.

Bueno, pues eso. Si en Jolibú deciden hacer una nueva versión de «La Isla del Tesoro», de «Sandokán» o de «Las aventuras del capitán Blood» será mejor tener vigilado al actor protagonista, porque hay indicios de que será un pieza, por expresarlo en términos poco demandables.

Depp (¿Heard?) y las profecías autocumplidas

En este blog nos gusta seguir de cerca la actualidad. Y no sé si se han enterado, pero el bueno de Johnny ha estado metido en pleitos. De hecho, alguna noticia ha salido publicada en las esquinas de la sección de sociedad de la prensa generalista, imagínense. Por lo visto, Johnny Depp puso una demanda de difamación contra su ex-mujer, Amber Heard, por un artículo en el que se atrevía a proferir encendidas soflamas que Depp consideró que se referían a él. El jurado populista popular ha considerado merecedor de ejemplar castigo estas tres inaceptables declaraciones:

  1. «Hablé en contra de la violencia sexual y enfrenté la ira de nuestra cultura. Eso tiene que cambiar»
  2. «Hace dos años, me convertí en una figura pública representando el abuso doméstico, y sentí toda la fuerza de la ira de nuestra cultura hacia las mujeres que alzan su voz»
  3. «Tuve la rara ventaja de ver, en tiempo real, cómo las instituciones protegen a los hombres acusados de abuso»

Amber Heard no lo sabía, pero sus palabras estaban describiendo el futuro. Un tribunal la ha condenado por tres declaraciones siguiendo estrictamente lo que en ellas se dice. Es trágico para unos y gracioso para otros. Tampoco para muchos, porque la mayoría de los fanses parecen tener complicaciones con las frases subordinadas.

En cualquier caso, cómo se atreve. ¡Pensar que las instituciones protegen a los hombres acusados de abuso! Y la muy insensata se ha atrevido a decirlo. Que no quede sin castigo. Póngame a los pies de su señora.

Depp y la carrera espacial

A Depp le gusta mucho la Carrera Espacial. ¿Lo sabían? Yo se lo cuento, dado nuestro compromiso editorial con la divulgación.

La «Carrera Espacial» es como se conoce popularmente a la competición tecnológica y científica en la que entraron EEUU y la URSS en la segunda mitad del siglo pasado. La lógica era que el que tuviese mejor programa espacial tenía mejor ideología. «Mi comunismo lanza cohetes mejor», y frases del estilo, un poco adornadas ¿Tiene sentido? No. ¿Le dedicaron dinero y esfuerzo como si lo tuviera? No lo duden.

¿Quién ganó la carrera espacial? Pues, a ver… la URSS lanzó el primer satelite al espacio, al primer animal vertebrado, al primer hombre y a la primera mujer, así que podría decirse que… esperen.

En 1969 EEUU lanzó la primera misión tripulada hasta la superficie lunar, logrando puntos extras por conseguir que volvieran a la tierra, incluso con vida. El imaginario colectivo (y la propaganda) decidió que ese era el final de la Carrera Espacial, que lo anterior no contaba. Como en un juego de preescolar, la meta se fue desplazando hasta que les pilló en el momento en el que iban ganando, y entonces se acabó la competición.

Johnny Depp ha aprendido mucho de la Carrera Espacial. Por eso, tras firmar un acuerdo de divorcio tormentoso y perder un juicio por libelo contra «The Sun», que le había calificado en un artículo como «maltratador de mujeres» («wife beater»); tras ver ratificadas en la sentencia del tribunal británico como «esencialmente ciertas» doce de las catorce acusaciones de maltrato, Johnny Depp considera que, al ganar este juicio en un tribunal de EEUU, los ha ganado todos.

¿Es realmente así de inconsciente? Obviamente no. Depp sabe que lo que está ganando es el relato y que la memoria de la opinión pública es corta, especialmente si llenas internet con memes mostrando lo majo que eres y lo mala que es la mujer a la que estás demandando. Depp presenta cada litigio como si fuese un plebiscito sobre su condición de maltratador y considera que, si gana uno, ya los ha ganado todos. Es exonerado porque sabe que su equipo de publicidad va a vender cada victoria como definitiva. Cuando yo gano, dice, hemos llegado a la Luna. La carrera se acaba aquí.

Depp y el legado

Johnny Depp está contento. Tiene una imagen pública y, como hombre de cierta edad, siente la quemazón de dejar un legado. Y lo está logrando: se ha convertido en un símbolo para muchos hombres de los que se visten por los pies, de los de Brummel y Soberano, que se sienten amenazados por tener que pedir permiso para lo que «siempre» habían hecho sin preguntar.

Como no puede ser de otra manera, Depp se declara satisfecho con este resultado. Y es posible que cuando ya nadie se acuerde de él, todavía nos suene que fue el tipo que dio glamour a demandar por difamación a las mujeres que no se callan. Eso sí que es el papel —el papelón— de su vida. Y es un rodaje al que puede llegar tan tarde o ebrio como le plazca.

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