Bad Bunny, la Casita y los escándalos movedizos

Parece que la Casita de Bad Bunny tiene el techo de cristal. O los cimientos. ¿O será el precipicio? Vaya, me está quedando una metáfora un poco extraña para decir que a Bad Bunny le ha salido la Casita un poco machista. Y es que parece que es más fácil entrar en la Casita si tienes un cuerpo normativo, preferiblemente joven y de mujer1.

Puede que esto esté pasando porque el mecanismo de entrada es un señor con un bolígrafo que dice «tú sí, tú no, tú a lo mejor». Nada que no inventara Chimo Bayo hace ya unas décadas; nada que no se vea en la puerta de cualquier local de moda con seguridad en la entrada. Pero no deja de ser llamativo que dentro de un concierto tengas que pasar un casting para acceder a la zona más VIP que la VIP.

«Quiero ser más VIP que los VIP».

La Casita es un escenario secundario donde Bad Bunny desarrolla una parte del concierto. Se supone que imita una casa tradicional puertorriqueña, y sirve como una reivindicación de su raíces, permitiendo una actuación más íntima. No sé cómo de «íntimo» te puedes poner en un estadio con un aforo del tamaño de la población de Paris, pero a mí no me miren, es lo que dice la prensa musical.

Además de segundo escenario, la Casita también es un lugar «super-VIP» donde se junta una representación del famoseo local con unos pocos elegidos de entre el público asistente. Es como en la Universidad, que unos entran por sacar buenas notas y otros porque sus padres conocen al Rector son buenos en algún deporte. Bueno, pues aquí lo mismo, solo que hay una cuota para el privilegio normal y otra para el privilegio prêt-à-porter.

Así que la razón de ser de la Casita es artística, pero también sirve de espacio de privilegio. «Privilegio» no es lo mismo que estar forrado: el privilegio trasciende lo monetario: Si la entrada a la Casita costara dos mil euros las normas serían, en términos formales, iguales para todos, y esto no funciona así. Acceder a la Casita tiene sus propias normas, tiene una Ley Privada, que es exactamente la etimología de «privilegio»2.


¿Por qué esto es, ya no un escándalo, sino noticia? En mundo mejor que este, el titular sería: «En un concierto caro, que ya es un lugar de privilegio, hay un lugar privilegiado al cual se puede acceder por distintas formas de privilegio». A través del poder old school o a través del poder de la imagen. Estar en la Casita es una forma de ostentación cool precisamente porque no puedes entrar sólo con dinero. ¿Esto es extraño? ¿Esto es… noticia? ¿Hasta qué punto se está prestando atención al artista, más que al hecho en sí?

Hagamos un alto en la figura del cantante. Bad Bunny no es Julio Iglesias. Con esto quiero decir que en su ascenso al estrellato parece no haber perdido toda su conciencia. Por ejemplo, no tiene problema en mostrar un discurso anticolonial, en criticar a Trump o en advertir al público asistente de la presencia de la DEA en los alrededores. Tampoco en sacar un neon con el «Ni Una Menos» en uno de sus vídeos o en sacarse del pecho un discurso contra la violencia machista en la entrega del premios. Sin agobiar, vale, pero, lo dicho, muy por encima de Julio Iglesias.

El Conejito Malo no deja pasar a la gente. Ni confirmo ni desmiento que haya escrito esta entrada para hacer este chiste.

Ya sé que tampoco es perfecto: incurre en contradicciones en temas de género, sus letras pueden caer en los tópicos de la ostentación y de la cosificación sexista, pero es que es un cantante de reguetón, no Judith Butler. Yo, como hacía conmigo mi profesora de Matemáticas cuando me veía mirar las integrales de la pizarra con ojos de borrego, también le valoro el esfuerzo. Al contrario que otros «compañeros de promoción», parece un artista con aristas, matices y con voluntad de expresarse con errores y aciertos. Y eso es algo que se agradece.

La izquierda señala la incongruencia, la derecha busca el punto de fractura. Se habla de machismo en el reguetón, como se le dijo antes al hip-hop, al rap, al heavy, al rock, al jazz y a quién sabe qué más estilos. Ya se sabe que todo lo nuevo es decadente, vulgar y ruidoso. Cuando su hora pase, el reguetón dirá lo mismo del estilo que le suceda.

Mientras tanto, parece que Bad Bunny, quizás desconcertado por tanta publicidad gratuita, ha hecho los criterios de acceso a la Casita más inclusivos. Así será hasta que el privilegio diga que la Casita huele a cebolla y se busquen una nueva.

Que, hablando de decadencia, ruido y vulgaridad, me acabo de dar cuenta que se nos viene la visita papal cncima. Esperemos que, en coherencia con los elevados estándares que se han establecido esta semana, todos los diarios abran sus próximas ediciones con severas críticas al papa Leon XIV, mucho más restrictivo a la hora de dejar entrar mujeres en su Casita. Y, al contrario que Bad Bunny, no ha dado señales de ir a rectificar.

  1. Tiene que ser el tuyo: es un concierto de Bad Bunny, no la isla de Epstein ↩︎
  2. Privi-legium. Cuando mi profesora de latín me dijo que si prestaba atención en clase le encontraría utilidad al latín durante toda mi vida no pensé, ni por un segundo, que fuera a ser cierto ↩︎

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