Hoy hace diecinueve años que llegaste a casa y en menos de una semana habrá pasado un año desde el día en que te marchaste.
«Te marchaste» es un eufemismo, claro. Suena como si hubieras salido a dar una vuelta y luego no encontraras el camino de regreso. No, no te fuiste: en unos días lo que se cumplirá es un año desde el día en que dejaste de sufrir.
¿Sabes? También llevo casi un año intentando escribir esto, poner en orden mis desconciertos para compartir con el viento no sé ni qué. Escribo y escribo; decido que es demasiado íntimo y borro. Entonces escribo otras líneas, descubro que no te hacen justicia y tacho. Pasan unos días y vuelvo a escribir y, entre tachados y borrones, lo único que siempre me acaba quedando, negro sobre blanco, es que fuiste el mejor gato del mundo.
Lo demás queda para la familia. Lo que nos decimos en casa cuando uno de nosotros se queda mirando a un rincón y murmura tu nombre. Todas las veces que te recordamos, que hablamos de ti y contamos tus historias favoritas. Cómo le explicamos al peque la persistencia con que fuiste su mejor niñera, el compañero infinito, el supervisor de cada rincón.
Todo eso, repito, queda para nosotros. Pero me sigue quemando en los dedos la injusticia cotidiana de no gritar por los aires lo que fuiste y que todo el mundo lo oiga. Cuánto te quisimos, gatito melón, cuánto te seguimos queriendo y cuánto te querremos siempre, nuestra ratita, nuestro corderito, nuestro felino especial, nuestro gatito de cine mudo.
Cuántos huecos ha dejado tu ausencia en esta casa tan llena, mi gatito. Soñaremos contigo esta noche y cientos más, con tu espíritu de felino grande empujándonos al borde de la cama cada vez que te estires. Ponte cómodo. Cada noche, en el escaso tiempo entre la bruma y el sueño, todo ese espacio seguirá, por siempre, siendo tuyo.