La productividad (o la ciencia de perseguir elefantes con cazamariposas)

La productividad es hacer cosas. Parece una obviedad, pero no siempre fue así. En algún momento de la historia de la sociedad occidental se definió el término “productividad” como unidad de producción obtenida por unidad de tiempo, mucho antes de que existiese internet y los videos de gatitos. Ahora la productividad, en todo caso, se mediría en cuantos ratos pasas en feisbuk antes de conseguir poner una lavadora (spoiler: unos cuantos).

Como tanta gente, quiero hacer muchas cosas en la vida. Creo que es una de las enfermedades de nuestro tiempo: querer hacer muchas cosas. Hacer cosas está bien: la contrariedad es querer hacerlas y no hacerlas. Y eso es un problema de la modernidad: Al fin y al cabo durante la mayor parte del tiempo que nuestra especie ha estado dando paseos sobre la tierra se ha podido dedicar a sobrevivir, reproducirse una media de siete veces, esperar que llegasen a adultas tres de tus crías y darte con un canto en los dientes (si te quedaba alguno) si llegabas a la avanzada edad de 35 años sin haber muerto en un parto, una guerra o una peste. Todo eso sin haber escrito ni una mísera lista de tareas 1. Hubieras dicho que tu vida había sido plena, aun sin tener ocasión para escribir un árbol o plantar un libro. El pasado era una mierda, pero al menos no tenías mucho lío.

El moderno concepto de productividad ya no consiste en torcer cinco tornillos cada 36 segundos en una cadena de montaje: es la idea de que te va a dar tiempo a hacer de todo en tu vida personal y tu vida profesional y que además vas a ser feliz en el proceso. Ya no se aplica sólo al trabajo, sino a la vida. Es un poco como pertenecer a una religión, con el matiz de que la productividad te promete el paraíso en la tierra si sigues sus preceptos, sin necesidad de morirte antes. Lo cual es, ciertamente, una ventaja 2: la desventaja es que si luego no eres feliz la culpa es tuya, no de la productividad. Y expresar a gritos tu disconformidad con la maldita productividad no es tan satisfactorio como una florida blasfemia. Nadie dijo que fuera a ser fácil.

Yo, que soy un experto en hacer cosas cuando debería estar haciendo otras desde mucho antes de que procrastinar fuera una palabra, he intentado practicar distintas formas de productividad. Algunas de ellas me han servido de algo (y ahora son hábitos) y otras, la mayoría, no. Pero he observado que hay lugares comunes, patrones que se repiten. Y es así que, desde mi atalaya de clarividencia, he podido constatar que la productividad es una y trina. Así, pues, el elusivo concepto de productividad puede entenderse como la combinación de tres partes: la agenda, el método y el sentimiento de culpa.

La agenda

Seguro que tienes algo así en tu vida, salvo que lleves una existencia que haría sentir envidia a Fray Luis de Leon 3. No tiene que ser una agenda como tal: puede ser una colección de post-its, una aplicación en el móvil o una pizarra en la puerta de la nevera, pero lo más probable es que se trate de todas las anteriores, más algunos papelitos que llevas en el bolsillo, anotaciones en el dorso de las manos y recordatorios que encargas a la gente de tu alrededor que te reproduzcan a voz en grito cuando se den determinadas circunstancias de tiempo y espacio.

La agenda es toda externalización de tu cerebro enfocada a recordarte las múltiples cosas que deberías hacer y, sobre todo, todas aquellas que no has hecho ni harás jamás. En realidad, si te gestionas bien, puedes ir tirando toda tu vida con sólo tres tareas, siempre que tengas la capacidad de organización suficiente para ir alternando cuál no haces en cada momento (mientras dedicas tu tiempo a hacer otras cosas que no has considerado tan importantes como para apuntarlas, o has considerado demasiado importantes como para apuntarlas)4

Noa tenía una libretita donde anotaba sus cosas. Le hubiera ido mejor usando Evernote.

Pero si de verdad eres una persona organizada seguirás el consejo de quienes saben de verdad sobre el tema y apuntarás todas tus cosas en un único lugar, como una aplicación recogelotodo como Notas, Evernote o Onenote o, si quieres ser más hipster, en una agenda hecha a mano con dibujitos para cada día y una ilustración de Mr Wonderful pegada en la portada. Apuntarlo todo en un único lugar tiene la indudable ventaja de que te permite empezar de cero cuando pierdas la libreta, ardan los servidores o te estalle el ordenador. Es una buena manera de saber quién eres realmente: mirar lo que queda después de una catástrofe. Además, lo de empezar de cero cada cierto tiempo es catártico; es de lo mejor que te puede pasar en la vida. Y una excusa perfecta para cuando te reprochen no haber felicitado un cumpleaños.

El método

El método es tan importante como la agenda. La agenda te permite saber todas las cosas que deberías hacer y no haces: el método es el sistema que vas a elegir para determinar en qué orden planeas hacer las cosas, de qué manera las vas a ejecutar y por qué te pasaste la tarde leyendo en la wikipedia la historia reciente de Guinea Ecuatorial si sólo te ibas a conectar un momento para confirmar una cita bibliográfica (que, además, no has mirado).

Existen muchos métodos de productividad, desde los muy sencillos a los más complejos. Por ejemplo: hacer la primera tarea de tu lista, tacharla cuando la hayas acabado y pasar el resto de la tarde jugando con el perro. O uno de los métodos más compartidos de productividad, hermoso en su esquemática formulación: Haz una cosa de cada vez. Lo importante primero. Empieza ahora. 5

De entre los métodos complejos, uno de los más famosos es el Getting Things Done® o GTD®. Es el mejor método de productividad del mundo, pero tiene un fallo importante, y es que sólo sirve para una persona. Esa persona se llama David Allen, fue el desarrollador del mismo y desde su implantación y popularización dejó de tener problemas de productividad, porque es muchimillonario y puede contratar a legiones de lumpenproletariat para que hagan las cosas por él, tengan agendas, aplicaciones en el móvil y listas separadas por contextos mientras él toma daikiris en la terraza de su ático y da una o dos conferencias al semestre.

Si no eres David Allen, entonces el método ya no es tan bueno. Como fui practicante del mismo me planteo dedicarle un post entero para poder explicarme en mayor detalle, pero puedo adelantar que, básicamente, consiste en hacer listas de tareas según criterios abtrusos cuando tengas ganas de trabajar, y en olvidarte de consultarlas cuando no tengas ganas de trabajar6. De ese modo consigues reducir al mínimo el tiempo de trabajo real, que me imagino que sea el demoniaco objetivo original del autor.

David Allen, el tipo que ha ganado el juego de la productividad.

Otro método famoso es el método Kanban. Es muy bueno si vas a fabricar Toyotas o si eres desarrollador de software. Para el resto de la humanidad, ya depende. El motivo es sencillo: cuando te dedicas a hacer cosas muy modernas queda muy bien utilizar metodología analógica. Porque el método Kanban consiste, resumiendo, en poner las cosas en postits y colgarlas de un tablón de corcho. Si se te cae el corcho, en lugar de maldecir, tienes que decir que estás “abrazando el cambio”, preferiblemente mientras haces la ceremonia del té.

Si utilizas una aplicación informática (Trello, tienes que decir a tus amig@s geeks que usas Trello o no serás nadie. Mola sólo un poco menos que decir que usas un corcho con postits) tienes más ventajas, como “visualizar en tiempo real el flujo de trabajo”, “identificar cuellos de botella” y “gestionar el flujo”. Paralelismos con anuncios de compresas aparte, son cosas mucho más divertidas que estar trabajando, y si alguien te critica por pasarte el tiempo mirando un corcho, siempre puedes decir que estas “optimizando”. Recuerda mover algún postit de sitio de vez en cuando para diferenciarte visualmente de una persona que esté echando una siesta.

El metodo Pomodoro es demasiado simpático como para no mencionarlo. Consiste en utilizar un reloj, prefentemente físico (obtienes puntos extras si tiene forma de tomate), y realizar bloques de trabajo de una duración determinada intercalados con bloques de descanso infinitamente más cortos. Cada cuatro bloques de trabajo haces un descanso más largo. Así hasta que llegue la vejez y no recuerdes para que sirve ese reloj con forma de tomate que tienes en la mano mientras te preguntas qué narices has hecho con tu vida.

Y así llegamos a…

El sentimiento de culpa

El sentimiento de culpa es lo que pone la productividad en movimiento. El sentimiento de culpa es esa vocecilla en tu interior que te dice que deberías estar haciendo algo distinto en este momento, y probablemente tiene razón. La mayoría tenemos una representación mental del sentimiento de culpa, aunque no siempre somos conscientes de ello. Es normal hablarte con la voz enfadada/decepcionada de tus progenitores, de tu jefe/a o, en general, con la voz imperativa de alguna aterradora figura de autoridad.7

En la mayoría de los casos, nuestro sentimiento de culpa tampoco tiene mucha educación. Normalmente se dirige a ti en términos descarnados, te insulta y te habla de maneras en las que tú nunca hablarías a nadie de tu alrededor. El sentimiento de culpa es como ese tío borde que hay en muchos grupos de amigotes del instituto: nadie sabe por qué viene ni quién le invitó, pero sigue viniendo y haciendo lo suyo.

El sentimiento de culpa es la gasolina de cualquier método de productividad. Porque, desengáñate, si pensaras que tu vida está bien no estarías buscando métodos para producir más sino echando la siesta. La agenda es útil, porque le da al sentimiento de culpa cosas que echarte en cara, y el método garantiza que te fustigues a las horas adecuadas. Puedes hasta ponerte alarmas en el móvil para recordarte que tienes que hacerte sentir miserable cada determinado tiempo. Vivimos en el mejor de los universos posibles.

Para terminar: Otra productividad es posible

Miren, yo no creo que los métodos de productividad estén pensados para hacernos caer en la desgracia y que nos sintamos mal. Aunque, francamente, en algunos casos tampoco puedo descartarlo.

Quieres hacer muchas cosas en tu vida. Es normal. Es el zellweger zeitgeist, el signo de los tiempos. Pero de todas las cosas que queremos hacer 1) algunas no van a dar tiempo, 2) otras van a ser directamente imposibles y 3) la mayoría va a resultar que no eran lo que creías. Acéptalo. Lo que querías puede que no sea lo que creías que iba a ser, sino otra cosa igualmente maravillosa. O puede que sea una mierda. Pero siempre, siempre, el precio de conseguir lo que deseas es tener lo que una vez deseaste8. Seguro que se te ocurre algún ejemplo en tu pasado 9.

Zellweger, el espíritu del tiempo.

Querer hacer cosas es maravilloso, es, junto con hacerlas, la esencia de la vida. Tener que hacer cosas es una de las bases de una vida desgraciada. Sufrir por las cosas que no has hecho, por las que no te dará tiempo a hacer o por las que no puedes hacer es preparar oposiciones para amargarte la existencia.

Cuando nos planteamos objetivos vitales no tiene nada malo una pequeña dosis de autoengaño. Es como una especia en la comida: un pellizco da sabor, pero lo estropea todo si te pasas. Tú sabes que nunca vas a ser astronauta, pero no sientes que sea el momento de tacharlo de tu lista, te gusta verlo ahí, aunque tu método te diga que deberías quitarlo. Pero tener una lista de tareas imposibles de cumplir, una lista que impide que oigas la voz de lo que quieres ser o hacer no es productividad: es masoquismo. A veces no hace falta planificar tanto ni a tan largo plazo, porque la vida tiene una curiosa tendencia de empeñarse en meter por ahí sus cosas, justo en mitad de tu calendario.

Y a veces las cosas pueden ser más sencillas. A veces basta con sentarse un momento, no prestar demasiada atención a la voz machacona que retumba en tu cabeza y dejar que el siguiente paso a seguir se te aparezca delante con claridad. Por ejemplo, fundar un sistema de productividad por suscripción y dejar que produzcan otros mientras tú tomas daikiris en tu ático del centro. Es sólo una idea.


  1. Entre otras cosas porque la mayor parte de la humanidad, la mayor parte del tiempo, en la mayor parte del mundo, no sabía escribir 
  2. Tiendo a ver no morirse, en general, como una ventaja. 
  3. Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / Y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido. 
  4. Por ejemplo, solemos apuntar cosas como “comprar detergente”, “mandar el informe de gastos antes del día 15” o “cumpleaños de mi concuñado”, pero es poca la gente que apunta “ver la puesta del sol”, “hacer el amor larga y apasionadamente” o “cortarme las uñas”. Creo, sobre todo, por el miedo íntimo de que alguien pueda leerlo. Imagínate si la gente descubriera que te cortas las uñas. Sería horrible. 
  5. No he encontrado la fuente original. Como es una buena idea le he encontrado múltiples referencias. Como es una idea tan simple parece que vale para todo. Como casi todos los métodos milagros, en realidad no vale para nada. No especifica cómo determinar qué es importante. No dice cuándo parar. ¿No debemos dormir si seguimos este método? Y una cosa de cada vez… ¿no debemos respirar? ¿no debemos parar si surge una emergencia? 
  6. Si tienen ganas de conocer el método en profundidad, nada mejor que hacerse con el libro original de David Allen y la sustancia estimulante de su elección para navegar por su “fluida prosa”. En la red hay múltiples tutoriales. Yo les recomiendo Facilethings, que se explica tan bien que te puede llevar a la engañosa conclusión de que el GTD es fácil. 
  7. Si encargásemos a una productora que nos grabase en video a lo largo del día es posible que pudiesen obtener algunas tomas buenas de cuándo estamos encarnando a nuestra versión culpabilizadora para hacernos sentir mal. Ceño fruncido, mirada seria, quizás hasta moviendo los labios mientras nos hablamos: “Deberías estar haciendo esta otra cosa que es imposible que hagas en lugar de lo que estás haciendo ahora”. “Deberías viajar en el tiempo al pasado y haber hecho esta otra cosa. Déjame que te lo muestre en tu cabeza en bucle continuo durante las próximas cinco horas”. Ah, sí, se me olvidaba. Nuestro sentimiento de culpa no tiene un filtro muy ajustado a la realidad, y a veces piensa que tenemos una TARDIS. 
  8. “But he did not understand the price. Mortals never do. They only see the prize, their heart’s desire, their dream… But the price of getting what you want, is getting what you once wanted.” ― Neil Gaiman, Dream Country 
  9. Salvo que tengas menos de tres años, en cuyo caso, aunque admiro tu precocidad alfabética, no estoy seguro de que debieras estar leyendo este blog. Sólo por asegurar: pregunta a algún adulto responsable y luego haz lo contrario. 

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