Mi garaje y el pensamiento mágico

Hace unos días que he descubierto que el mando de mi garaje funciona siempre a la primera si antes de utilizarlo le doy tres golpecitos. Tienen que ser tres golpes con el dedo, así: Un-dos-tres. No vale de otra manera.

Estoy tan seguro de que esto debe tener una explicación racional como de que no quiero conocerla. Es más, si me dan a elegir, prefiero que en mi mundo haya mandos de garaje a los que haya que darles tres golpecitos para que funcionen.

Y es curioso porque, a pesar de lo que pueda parecer, yo soy más bien escéptico. Creo que la mayor parte del universo sigue unas reglas tirando a racionales que son de aplicación la mayor parte del tiempo1. Y eso está bien, porque limita la arbitrariedad. Hace que tu cafetera funcione siempre, y no solo a veces. Pero, como cualquier hijo de vecino, yo también tengo mi dosis de pensamiento mágico. En la puerta del garaje, muchas veces.

El pensamiento mágico puede darte problemas, como hacerte creer que puedes curarte un cáncer con zumos o que hay un señor vigilando si estás teniendo pensamiento impuros. Porque el pensamiento mágico es, de forma inevitable, arbitrario. La magia que sigue siempre unas mismas reglas ya no es magia, es ciencia, que es una forma muy distinta de saber. La magia es un poco como el amigo imaginario de la ciencia. Y lo imaginario pesa poco y cambia con facilidad. Es la única puerta a determinados lugares, lugares que merece la pena conocer.

Por eso tiendo a creer que lo que nos gusta del pensamiento mágico es precisamente esa arbitrariedad, que también tiene su parte positiva. Porque cuando algo es arbitrario, todo es posible y todo es probable. Pueden salir conejos del sombrero, puede salir la luna al mediodía y puedes conjurar dragones o demonios si tienes los ingredientes adecuados. No hay límites porque no hay reglas de obligado cumplimiento, solo una larga lista de recomendaciones.

Hay mucha gente que piensa que esta noche unos seres sobrenaturales van a ir en camello a dejarles regalos en sus casas. Otros creen que, en realidad, vinieron en trineo volador. Unos y otros han preparado calcetines, botas, chocolate, paja, anís, agua o qué se yo. Tanto da. Porque cuando me entran ganas de juzgar las irracionalidades ajenas, especialmente las festivas, me acuerdo de mi garaje. Un-dos-tres, y se abre la puerta. Se abre la puerta.

Así que, de igual modo, espero que sepáis cuándo y dónde no ser racionales. ¡Feliz noche!


  1. No entremos en detalles. Quede para otro día si lo que ocurre en niveles subatómicos se puede considerar como racional, y esas cosas ↩︎

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