El primer gato

Cuando el primer gato murió decidió que no iría al cielo.

Es decir, imagínense, había vivido una vida larga. Había perseguido todo lo que podía permitirse perseguir con su tamaño, y aun alguna cosa mayor de lo que habría dictado la prudencia. Había comido cosas que no debería haberse comido y –aún más importante– había rechazado comer cosas que le habían pedido, de forma insistente pero cautelosa, que se comiera. Había corrido, saltado, se había deslizado por cortinas prehistóricas, se había escondido en lugares donde, claramente, no cabía y había dormido en posturas acrobáticas por el simple placer de poder decir que lo había hecho. Había practicado imposibles equilibrismos entre ventanas, y nunca se había caído delante de nadie que pudiera atestiguarlo. Había vivido una gran vida.

Uno no vive una vida así para después irse al cielo. Los gatos no son tontos. Saben que hay todo un negocio con esto del cielo. Los humanos viven vidas largas en las que dedican sus mejores esfuerzos a tratar de sentirse lo peor que se puedan sentir el máximo del tiempo disponible. Desarrollan elaborados mecanismos para conseguirlo, algunos evidentes y desgarradores como la violencia y otros más sutiles e insidiosos como el trabajo. El trabajo. El trabajo es el mayor chiste del mundo para un gato. Si un gato quiere ofender de verdad a otro le pregunta si ha trabajado mucho. “El humano ha tenido que levantarse temprano para ir al trabajo”, cuentan mientras se revuelcan por el suelo. Te partes. “Ha llegado cansado de trabajar”. Muy bien, piltrafa, te dirá, ahora ráscame las orejas como te he enseñado y podrás irte a dormir. Quizás te acompañe, cansado tras tantas horas de descansar y esperarte.

Es normal que los humanos crean que hay algo tras la vida donde puedes librarte de los pesares, de las desgracias, del… trabajo. Si no lo pensaran, podrían replantearse vivir su vida de otra manera. Pero cambiar es complicado, y en general resulta más sencillo pensar que si te portas muy bien tendrás tu recompensa. Una vida tras la vida despreocupada, con tus necesidades resueltas, una vida feliz, tranquila, placentera. Es decir, muchos humanos aceptan el timo de que, si te portas muy bien y trabajas mucho, vivirás una vida muy parecida a la de un gato, con perpetuas vacaciones y la bondad como componente opcional.

Por eso el primer gato decidió que no habría cielo para él. En primer lugar, era muy dudoso que el cielo pudiera ofrecerle una vida mejor que la que había tenido. Era un gato, caray. Y, además, siempre estaba el riesgo de trabajar. El cielo estaría sin montar. Los gatos no tienen dios (¡Un dios-gato! ¡qué idea tan ridícula!) Alguien tendrá que poner esas nubes, las arpas, las túnicas de gato. El control de entrada. Cambiar la arena. Y, si eres el primer gato que va al cielo, sabiendo cómo funciona el mundo, sabes que te querrán cargar el mochuelo… ¿Gatito bueno, tú te encargarás de esto? ¿Se han creído que soy un perro?

No, el primer gato, al morir, decidió que se quedaría donde estaba, gracias. Sin más trabas, sin burocracia. Sin trabajo. Los gatos no necesitamos esas cosas.

Los gatos no son aficionados a seguir el ejemplo de nadie, pero saben reconocer una buena idea. Por eso después del primer gato todos han seguido su ejemplo. No necesitan otra vida. Han hecho en esta todo lo que tenían que hacer. Han dado su amor de gato siempre a cambio de un precio razonable. Quien diga que los gatos no son fieles es muy posible que tenga que replantearse el modo en que los trata.

Los gatos no te dan cariño de prostíbulo. Cuando deciden que eres suyo no hay más que hablar, y da lo mismo si tu opinas otra cosa (¿acaso alguien te ha pedido tu opinión?) o si surgen otras circunstancias como una muerte de nada. La muerte sólo es una siesta larga. Un gato no tiene otro lugar donde ir porque no quiere ir a ningún otro lugar. Y, al igual que no existen gatos policía, tampoco existen pastores de gatos, porque no hay ley humana ni biológica que pueda hacer a un gato ir a donde no quiere.

Un gato se queda donde quiere quedarse y no hay más que hablar. No es coincidencia que vaya a querer quedarse cerca de ti, guardado bien adentro, donde el calor le permita sestear de forma placentera. Una siesta larga.

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