Los peligros del calor

Le vi camino a la playa, a través de la ventana de su casa. Tendría unos cinco años. Llevaba sólo el bañador y jugaba cerca de una mujer que intuí su madre. Ella alternaba la mirada entre su hijo y el mar y, juntos, componían una estampa de cuadro renacentista. A través de otra ventana situada al fondo de la estancia el sol lo inundaba todo, como queriendo grabar el momento en la retina del tiempo.

Pensé en mi propia infancia, en mis recuerdos de niño, y en la responsabilidad de cada pequeña pieza que forma parte de los primeros veranos de una persona, de esos veranos que serán el patrón con que se compararán todos los demás. Pensé en cómo se escaparon los míos y en que no sé dónde diantres se metieron. Tras aquellos veranos, me dije nostálgico, las vacaciones son una cosa distinta. Y pensé, iluminado por la cálida luminiscencia del momento, en decirles, a madre e hijo, que atesoraran cada segundo de ese verano mágico antes de que el tiempo se lo arrebataran.

Afortunadamente me di cuenta a tiempo de que el sol no me estaba iluminando, sino derritiéndome el cerebro. Querer ilustrar a dos personas desconocidas a través de la ventana de su casa (para más añadidura, en un idioma extranjero en el que me desenvuelvo tirando a mal) hubiera sido no sólo imprudente sino prepotente. ¿Desde qué altura moral se le dice a alguien que ya está disfrutando que disfrute? ¿Con qué fin más allá del narcisista? ¿El de hacerles partícipes de que tú también has disfrutado? ¿Que cuando eras joven –preterito perfecto– hacías “cosas”? “Perdonen que les interrumpa mientras les veo en un estado casi extático, era sólo para cortar el rollo y decir que yo también he sabido gozarla, ya lo creo. Sigan, sigan. ¿Van a acabarse ese zumo de piña”.

"Cuando era joven la pandi nos lo pasábamos chupi guay y nos drogábamos con un respeto, hoyga, no como los jóvenes de ahora, que no se saben divertir sin sus aifones"
"Cuando era joven la pandi nos lo pasábamos chupi guay y nos drogábamos con un respeto, hoyga, no como los jóvenes de ahora, que no se saben divertir sin sus aifones"

Compartir tus recuerdos y tu pasado es algo maravilloso. Que compartan conocimiento contigo es algo que está en la esencia de la humanidad como especie. Pero interrumpir a desconocidos mientras están fabricando sus propios recuerdos maravillosos es algo que se encuadra en algún punto entre lo patético y lo maleducado (quizás, más que un punto, es un polígono que recoge amplias hectáreas de ambas regiones). Insisto, es hermoso compartir aquello que fuiste, trasmitir la experiencia. Me encanta oír las historias y recuerdos de la gente. Disfruto compartiendo los míos cuando la ocasión es propicia. Pero hacerlo de forma indiscriminada, a público cautivo, es un ejercicio de condescendencia y superioridad. Y, lo que es peor, tu ansia por proclamar lo que fuiste puede afectar en gran medida a tu capacidad de disfrutar lo que eres.

No me gusta ser aguafiestas, pero cumplir años, en si mismo, no tiene mayor mérito, especialmente si vives en un tiempo y lugar en que las enfermedades infecciosas son, en su mayoría, veniales y pasajeras. Y ya saben que hay gente que a veinte años de hacer las cosas mal lo llaman experiencia. Cumplir años no te hace más sabio. Aprender sí.

Además, el tiempo no deja de ser una cuestión de perspectiva. Vivirás unos cien años, si tienes suerte; no llegarás ni a nota de pie de página en la historia del universo. En cualquier escala de tiempo que escojas te quedarás, ampliamente, en la etapa de la niñez. Decirle a un niño de cinco años que disfrute, que aproveche el momento, que blablablá no es un más que un ejercicio nostálgico y de resquemor porque alguien se lo está pasando bien y no eres tú.

Por eso mi intención de decir a un niño que disfrute del verano no hubiera sido más que una muestra de mi impotencia de disfrutar del mío. En lugar de dar consejos no solicitados dedicaré mis energías a disfrutar, por lo pronto, de este verano, que todavía es el mío. No pienso cerrar el conjunto de “mejores veranos de mi vida” con resignación, sino con denodada resistencia. Cuantos más veranos entren, mejor.

"Carpe diem, piltrafillas. Esto entra p'al examen"
"Carpe diem, piltrafillas. Esto entra p'al examen"

Y nada más. Me voy a jugar a la playa, a disfrutar del agua, del calor, del amor y del sol. Y a oler las rosas, que el mundo ya está bastante atestado de gente que te recuerda que se marchitan.

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