Las nuevas formas de violencia

Esta semana iba a hablar sobre el turismo y su cuñado, el neologismo “turismofobia”, tomando ejemplo especialmente de ciudades como Barcelona, que, al parecer, es uno de los destinos con más visitas turísticas del mundo. Pero, como se podrán imaginar, a tenor de los últimos acontecimientos me resultaba un tanto frívolo tratar este tema.

La verdad, es difícil decidir de qué escribir tras noticias como las de estos últimos días. No es fácil escoger el tema apropiado tras ver la barbarie tan cerca de uno. Quizás, como decía la madre de Fred Rogers, lo mejor sería centrarse en la gente que ayuda. Quizás debería enfocarme en seguir con la normalidad cotidiana, como nos sugieren en otras partes, para no hacer el caldo gordo al terror, y limitarme a escribir lo que tocaba, como si nada.

Pero no puedo. Me entristece cómo hemos vuelto a hacernos a la idea de que el mundo es un lugar intrinsecamente violento. Otra vez. Porque, aunque ahora pueda parecer muy lejano, tras la caída del muro de Berlín y el final de la guerra fría, se inició una etapa en la que la opinión pública parecía considerar la violencia en el primer mundo como algo simbólicamente superado, a pesar de los relumbrones mediáticos de guerras como las de Iraq o, especialmente, (por su situación en el teatro europeo) la guerra de los Balcanes. Incluso esos conflictos se consideraban periféricos, algo ajeno, tanto geográfica como políticamente (se llevaba tanto tiempo hablando del “polvorín de los Balcanes” que el cuñado de bar ya había apostado todo su dinero al rojo).

Y, por supuesto, cuando se escribe un párrafo como éste es obligatorio mencionar el fin de la historia de Fukuyama, como claro ejemplo de one-hit-wonder politólogo. Básicamente, la guerra de las ideologías se había acabado: el liberalismo occidental había ganado, y poco a poco los países que aún no lo habían adoptado verían la luz, y el mundo entero sería un mercado global donde la paz y la prosperidad reinaría en una utopía capitalista 1.

No era la primera vez que se pensaba que las guerras habían terminado. Marx había anunciado que con el socialismo las guerras se acabarían, pues la conciencia de clase impediría que el proletario de una nación pelearan contra el de otra. Kant dejó un manual de instrucciones para la paz perpetua que la gente trató como se trata al manual del vídeo. Claro, claro, esta vez sería distinto. Esta vez estábamos en ¡La modernidad! Y fin de la historia.

 El 11-S. Guerra, terrorismo, violencia

Y entonces llegó el 11-S. La llamada para que el Primer Mundo, oh, tú, Primer Mundo, volviera al cole. El fin de la ilusión. La política por otros medios. No fue el primer atentado, no ha sido el último, pero ninguno como aquel, en el corazón de los Estados Unidos, el tantas veces autoproclamado faro del mundo libre y del liberalismo. El 11-S fue muchas cosas, pero también fue la sangrienta demostración de que la guerra de las ideologías no había terminado. No hay nada como decir que algo se ha terminado para que salgan los listos a demostrar lo contrario. La historia, decía mi admirado Ángel González, como las morcillas, se hace con sangre y repite. A consecuencia del 11-S todo cambió, y poco para mejor. La política internacional, por utilizar un eufemismo educado, no fue lo que menos.

La segunda guerra de Iraq, apoyada con devoción por el gobierno español de la época (difícil olvidarse del trío de las azores) provocó una respuesta popular de gran calado en España, sintetizado en el lema, y luego hashtag, “No a la guerra”. Sin entrar a valorar los pormenores de esta época de la historia, pusieron sobre el tapete de la opinión pública la distinción entre “guerra”, “violencia” y “terrorismo”, y generó un debate sostenido por entonces con cierto apasionamiento.

¡Como están ustedeeeeeeees!
¡Como están ustedeeeeeeees!
Por ejemplo, la condena al terrorismo es prácticamente unánime en las sociedades civiles, así como la condena a la violencia, si bien es habitual reconocer al Estado el monopolio del uso de la misma (considerándose ésta como característica definitoria del Estado moderno), siempre de forma justificada y limitada, en aras del (sic) bien común, y por ello legítima (esta es una postura habitual, pero no por ello exenta de crítica. Los llamados “usos justificados de la violencia por parte del Estado” pueden entenderse como una forma de coacción más que como un instrumento político –o administrativo– legítimo). La discusión de cuándo es legítimo el uso de la violencia ha traído (en sentido literal) más de un quebradero de cabeza.

Las connotaciones de la guerra son distintas. Si bien se reconoce habitualmente como un mal, en muchas ocasiones las guerras son reconocidas como males necesarios: La Segunda Guerra Mundial se ubica en el imaginario colectivo como necesaria para acabar con el nazismo, la Guerra de Independencia de España (1808-1812) se cataloga como necesaria para liberarnos del “yugo frances”2. Y la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial, iba a acabar con todas las guerras…

Por supuesto, la actitud normal frente a la guerra es, de entrada, de oposición, como el PSOE con la OTAN. Pero el común de los mortales suele recoger una serie de excepciones, como la autodefensa o las guerras justas, como cuando los humanos y los elfos se unen contra Sauron 3. De esta manera, la postura de rechazo frontal de todo tipo de guerra, no admitiendo excepciones legítimas, también es objeto de crítica y encuadrado dentro de lo que se ha venido a llamar, generalmente de forma peyorativa, “buenismo

El terrorismo, por el contrario, es muy difícilmente justificable incluso en el bar de la esquina con dos chupitos de más. Por eso es una etiqueta en la que todo grupo armado intenta evitar ser encuadrado, y por eso en los conflictos bélicos es habitual definir las acciones del contrario como “terroristas” y las propias como “actos de guerra”, aunque muchas veces la línea de separación es difícil de establecer. Cuando vas a dar palos los nombres son importantes.

Terrorismo
Terrorismo
Pero cuando quieres ganar la guerra de la opinión pública la línea que define más claramente lo “bueno” de lo “malo” es la conformada por la población civil. Mientras sean ejércitos que se matan entre sí, siempre existe la justificación moral saliente de que “sabían a lo que iban” o de que “a fin de cuentas, son militares”. Al bombardear hospitales y escuelas es más difícil poner a la opinión pública de tu parte.

 La ¿Guerra? contra el Terror

El último episodio de la violencia internacional se ha venido encuadrando dentro de la llamada Guerra contra el Terror, iniciada poco después de los anteriormente mencionados atentados del 11-S. En realidad, según lo comentado hasta ahora, es difícil conceptualizar qué es exactamente una “guerra contra el terror”. La definición clásica de guerra se refiere al enfrentamiento bélico entre dos países, pero en esta nueva guerra el contrincante es de difícil definición. Los límites son difusos tanto en los aspectos territoriales como a la hora de nombrar contendientes. El “enemigo” siempre ha sido difícil de señalar, y ha estado encarnado, entre otros, en Al-Qaeda, Saddan Hussein y ahora el “autodenominado-Estado-Islámico/DAESH4. A ratos es Cuba, Venezuela, Corea del Norte, pero Arabia Saudí no, y Afganistán tampoco, a pesar de la arraigada tradición estadounidense de invadirla.

Al tratarse de una guerra con muchos frentes, y algunos de ellos poco definidos, las formas clásicas de comunicación bélica se quedan cortas. Curiosamente, al tiempo que se mantiene la denominación de “guerra” por parte de EEUU y sus aliados, se niega al rival actual el reconocimiento de “Estado” 5, y sus actos no son considerados “actos de guerra” ni siquiera en los enfrentamientos entre ejércitos convencionales. Comprendo la potencia comunicativa del término “guerra”, pero no estoy seguro de que sea el más afortunado en este contexto. Por supuesto, la aplicación de métodos de torturas en cárceles ilegales por parte del bando de los “buenos” no hace más que dificultar las cosas. Entiéndanme, ya sé que las guerras nunca son tan sencillas como en los libros de Tolkien, pero ni siquiera en el mundo real es aceptable la idea de que todo vale, ni siquiera en una Guerra contra el Terror.

En cualquier caso, a la vista de los acontecimientos de los últimos quince años parece incuestionable que la idea del fin de la historia está más que superada y, desgraciadamente, la idea de que la violencia internacional estaba destinada a desaparecer ha perdido fuelle. La violencia internacional ha cambiado de forma, pero goza de buena salud.

¿Por qué no podemos llevarnos bien?
¿Por qué no podemos llevarnos bien?

Concluyendo: un poquito de paz, por favor

La conclusión de la buena salud de que goza la violencia, que es casi una obviedad, puede parecer pesimista. Como me niego a terminar este escrito kilométrico de forma tan funesta, vamos a no aceptarla como definitiva: En realidad, el conflicto violento no es algo necesario o inevitable (o al menos no hay ningún argumento definitivo que nos lleve a esa conclusión), y la paz es posible (o al menos no hay ningún argumento definitivo que niegue esa posibilidad).

¿Sabían que existe un Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz? No les estoy hablando de una comuna hippie ni de un grupo apartado del mundo dedicado a la vida contemplativa, sino de una disciplina seria y sesuda 6 que forma parte de la Sociología y las Ciencias Políticas, y que estudia la paz en forma positiva y no sólo como mera negación de la guerra. Es buena idea recordar que existen cosas así en días como estos, en los que queremos recordar a las jaurías amenazantes que no tenemos miedo y que hay mucha gente que para conseguir la paz queremos prepararnos para la paz, y no para la guerra.

  1. Obviamente estoy exagerando. Las tesis de Fukuyama están escritas en serio y de forma académica, con sus notas a pie de página y todo.
  2. ¡Malvado Napoleón, que quería desamortizar la tierra, modernizar las administraciones e imponernos un código civil!
  3. Una de las consecuencias más perversas de la cultura audiovisual tipo “El señor de los Anillos” es plantear que las guerras pueden molar. No obstante, es justo reconocer que desde que existen manifestaciones culturales se han hecho representaciones molonas de la guerra
  4. Por lo visto, el autodenominado-Estado-Islámico odia que le llamen DAESH más de lo que el artista anteriormente conocido como Prince odiaba que le llamasen Prince. Es un motivo más para utilizar ese término.
  5. Lo cual, desde el punto de vista de la comunicación política, parece acertado, aunque la fórmula “autodenominado Estado Islámico” es terriblemente cansina. Mejor DAESH, como se ha señalado antes.
  6. Al igual que Fukuyama, también tienen numerosos libros con notas a pie de página y gráficos relacionando cosas

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