Monos ineptos, pájaros extintos

Dejen que les cuente una historia:

Una especie de homínidos, conocida por su ingenio, su arrojo y su crueldad, inició una época de exploración de su planeta. Fue así como llegaron, a bordo de artefactos de madera y tela (os dije que eran ingeniosos), a un recóndito archipiélago sito en el confín de mares interminables (os dije que eran osados).

En estas islas habitaban unos gigantescos pájaros. No eran “gigantescos” del orden de “animal que puede matarte de un pisotón”, sino del orden de “si mato esto tendré para comer unos cuantos días sin mayor esfuerzo”. Y eso hicieron, a pesar de que los pajaros se mostraban mansos y confiados, a pesar de que su número disminuía y disminuía, y a pesar de que, exterminados, acabaron desapareciendo de la faz de la tierra y de esta historia. Ya os dije que eran crueles.

Años más tarde, estos monos ingeniosos escribieron libros de historia natural sobre el tema. Llamaron a los pájaros “dodos”, que significaba “estúpido” en su lengua cantarina. Una parte de aquella sociedad, compuesta por amantes del conocimiento sistemático, quisieron darle un nombre más científico, así que propusieron llamar a la desaparecida criatura “Didus ineptus”. Al pobre pájaro lo mismo le dio qué nombre ofensivo usaran para denominarle, extinto como se hallaba.

No se apenen, por favor, es sólo una historia.

¿Se apenan? Quizás les interese otra version de la historia. Dice así:

Una especie de homínidos, conocida por su ingenio, su arrojo y su amor por el chocolate inició una época de exploración de su planeta, lo que les llevó (ya saben, ingeniosos, osados) a una isla con pájaros gigantes. 

No eran pájaros gigantes del orden de “animal que puede matarte de un pisotón”, sino del orden de “si mato esto tendré para comer unos cuantos días sin mayor esfuerzo. Pero ¿cómo voy a matarlo? ¿has visto que plumas más bonitas? POR FAVOR. Mira cómo se acerca. ¿Le has dado maiz? Ahora no nos los quitaremos de encima. A aquel de allí, aquel grande que no deja de frotarse el pico con la pata, creo que le llamaré «Frodo». Me gusta ese nombre. Suena bien. ¿Aquello es cacao? Me gusta el chocolate”.

En ese mundo, hoy en día, siguen existiendo pájaros gigantes-no-del-tipo-que-pueden-aplastarte-sino-del-otro, llamados “frodos”. Además, el protagonista de “El Señor de los Anillos” se llama de otra manera, porque, entenderán ustedes, no le quedaba bien un nombre de pájaro.

Es una versión más alegre, aunque hay gente que dice que a esta historia le falta mordiente.

Un dodo y un frodo. Pueden observar las diferencias.
Otra historia. Tengo muchas:

Una especie de homínidos habitaba un planeta que ya había terminado, a grandes rasgos, de explorar y descubrir, así como un poco de los alrededores. Un día cualquiera llegaron del espacio, sin previo aviso, unos cefalópodos al planeta de los hominidos. Era lunes. 

Los cefalópodos eran muy ingeniosos y muy osados, pero no resultaba fácil juzgar por su aspecto si les gustaba el chocolate. Es difícil interpretar las emociones profundas de seres a los que les salen ocho patas de la cabeza. ¿Alguna vez has intentado declarar tu amor a alguien con un polvorón en la boca? Pues algo así.

Estos cefalópodos habían llegado en ingeniosas naves espaciales desde varias galaxias de distancia. Madera espacial, tela espacial para navegar, impulsada por los vientos cósmicos, grandes océanos de nada. No habían venido antes porque estaban liados. No lo sé. La historia no aclara mucho este aspecto.

Les gustó mucho el planeta, o eso quisieron entender unos nerviosos embajadores homínidos, con manifiestos problemas de comunicación. A los cefalópodos les gustaban mucho los animales. En un tenso momento, uno de ellos se interesó por una especie animal en concreto, un pájaro grande que vio ilustrado en un libro de historia natural, con esqueleto no lo suficientemente grande como para aplastarte de un pisotón, aunque sí como para alimentarte de forma suculenta unos cuantos días. 

Hay gente que dice que preguntó por los dodos, otra dice que preguntó por los frodos. No lo sé. Recuerden, ocho patas en la cabeza. Con dos manos muchas veces ya no sabes dónde ponerlas, imagínate ocho. Seguro que alguna de esas patas estaba en la boca del cefalópodo cuando habló y no se le entendía muy bien. El embajador homínido improvisó una explicación que pareció no gustar mucho al cefalópodo, y estos se marcharon apresuradamente a sus ingeniosas naves, dejando plantada a la delegación de homínidos.

–Estamos en una situación de crisis –dijo el embajador que había metido la pata con su torpe explicación.

–Es de crucial importancia que determinemos qué tipo de homínido creen que somos –respondió la Alta Comisionada de Homínidos del Ecuador del Planeta, cabeza de la delegación.

Los cefalópodos eran bastante grandes. Era evidente que un mono no podría aplastar a uno de ellos de un pisotón, así que podía descartarse que fueran esa clase de animal. Una pena, pensó el embajador. Quedaban, pues, dos posibilidades.

–¿Somos adorables? ¿Somos adorables así como para ponernos un lazo y que nos digan cosas bonitas y se preocupen por nuestro bienestar? ¿O somos más bien el tipo de homínido que puedes cazar con facilidad y te dará para comer varios días? Es imperativo que resolvamos este asunto. –Determinar si eres adorable no es una tarea fácil, la verdad. La delegación de homínidos discutió durante arduas sesiones, y no conseguieron ponerse de acuerdo sobre qué tipo de especie eran. Seguro que los gatos piensan que son feroces, y en realidad son adorables. Feroces y adorables.

Pero lo que los homínidos sí que eran es ingeniosos y arrojados, no lo olvidemos: por eso a veces se aprestaban a la acción antes que a tomar notas. Y en este momento la situación era muy tensa, por lo que las crónicas de lo que pasó esos días resultaron un poco embarulladas. Y, por eso, a partir de este punto, existen dos versiones distintas de la historia, y es difícil aseverar lo que pasó realmente.

La primera versión dice que los homínidos, temiendo por su existencia y sin forma de escapar de su pequeño planeta, lanzaron un artefacto de su invención (os dije que eran ingeniosos) a la que consideraron que era la nave capitana de los cefalópodos. El artefacto se llamaba “bomba de protones” (os dije que eran crueles). Desgraciadamente, las naves cefalópodas traen de serie airbag de piloto y pasajero, asistente para el aparcado y escudo antibombas de protones, así que no pasó nada, más allá de un arañazo en la defensa inferior de la nave (que, para más inri, no cubría el seguro). “No pasó nada”, excepto que las relaciones interespecie sufrieron un importante enfriamiento, como se pueden imaginar. La verdad es que los cefalópodos se lo tomaron bastante bien. Aún así decidieron exterminar por completo a la especie de homínidos y convertir su planeta en un parque temático de bombas de protones.

La segunda versión dice que los homínidos, temiendo por su existencia y sin forma de escapar de su pequeño planeta, intentaron hacerse amigos de los cefalópodos. Les enseñaron distintas especies animales y vegetales, les mostraron su forma de vida, sus adelantos científicos, sus obras de arte. A los cefalópodos les gustó mucho todo esto. Fue por ello que algunos sintieron algo de pena cuando empezaron a cazar a los hominidos para comer, lo que acabó provocando su extinción. En los libros de historia natural de los cefalópodos llaman a esa desgraciada especie de monitos “hohos”, que en su idioma cantarín significa “idiota”. La casta intelectual cefalópoda se refería a esa simpática especie de mono, de la que casi no quedaron referencias por su rápida desaparición, como “homo ineptus”.

¿Les parece injusto? De verdad, es sólo una historia. 

–Venimos en son de paz. Manolo, no pongas caras que se me escapa la risa.
Además, podrán suponer que existe una tercera versión.

Esta tercera versión es parecida a las anteriores, pero en ella los cefalópodos son más amantes del chocolate que proclives a la crueldad. Así, al descubrir los bombones y el chocolate de 99% de cacao deciden que merece la pena intentar un intercambio cultural y una alianza entre las dos civilizaciones, refrendada con entusiasmo cuando se les ofrece por primera vez una taza de café, bebida desconocida para su especie que sería posteriormente introducida con gran algarabía en los salones más exclusivos de la cefalopodité. Porque, no sé si lo saben, pero todas las civilizadas civilizaciones del universo civilizado aman el café.

Y, al escribir sobre esos días, fue difícil ponerse de acuerdo sobre lo que había realmente pasado. Por lo visto, hay un lío de versiones, a veces conflictivas, a veces directamente contradictorias; así que, a medida que pasó el tiempo y los recuerdos se fueron difuminando, la crónica oficial quedó formulada de un modo bastante ambiguo. La mayoría de las narraciones de entonces se limitan a señalar, en un estilo críptico, que el camino recto puede dar muchas vueltas, y que no es fácil diferenciar con claridad la dirección mientras lo caminas. Por eso a veces es mejor seguir andando y confiar en que pase lo mejor. A veces la diferencia entre la ineptitud y el ingenio es cuestión de suerte, y el éxito o la extinción pueden depender de factores extraños.

O al menos eso dicen las historias. Yo qué sé si tienen razón. Las historias suelen ser muy osadas. E ingeniosas. Y pueden ser muy crueles.

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