Ángeles bailando en la cabeza de un alfiler

Hoy en día mucha gente pontifica la bondad de las competiciones de debate. Suelen ser personas a las que les gusta pensar en voz alta y tener razón muy fuerte. No es nada nuevo: En la Atenas clásica, ya se consideraba como un signo de distinción ir a la plaza del pueblo a intentar convencer a quien pasara por allí de tus cosas 1. Ya ven, la cuna de la democracia y ya era imposible ir por la calle sin que te intentasen asociar a un par de oeneges. 

Los sofistas siempre han tenido mala fama por la invención de la oratoria pero, qué puedo decirles, al menos te venían de frente. Era mucho peor la gente como Sócrates, que te hacía preguntas con peor intención que un reportero de La Sexta a la salida de un mitin del PP y luego empezaba a explicarte, pormenorizadamente y en público, por qué te habías equivocado en todo. No sé ustedes, pero yo creo que hubiera votado que sí a la cicuta unos cinco años antes.

En la Edad Media europea se reeditó la costumbre del debate que tanto había gustado en la Grecia Clásica. La temática también era variable: cuentan en libros sesudos (de los que tienen índice temático y notas a pie de página) que la escolástica debatió seriamente, con argumentos farragosos a favor y en contra, sobre el número de ángeles que podían bailar sobre la punta de un alfiler. El debate no era baladí: si los ángeles eran corpóreos, aunque lo fuesen mínimamente, ese número sería finito. Por contra, si estaban compuestos sólo por espíritu, no existía tal límite. Si eran cuerpo, pertenecían en alguna medida a las criaturas terrestres, y si sólo eran espíritu, pertenecían únicamente a las jerarquías celestiales. De ahí la importancia del alfiler como expresión de superficie mínima. 2

Por supuesto, si no creías en ángeles el debate te resultaba un poco estúpido. Hoy en día podemos encontrar algo de consuelo en esta historia de la Historia al observar que lo de crear comités para discutir tonterías no es un invento de la modernidad.

–¿Que tenemos que bailar encima de queeeé…?

Y así llegamos a la época actual, en la que cada vez amamos más los debates de, digamos, utilidad divergente. Por poner un ejemplo cogido completamente al azar: llevamos unos días en que la conversación se centra en si Puigdemont ha declarado la independencia de Cataluña y luego la ha suspendido, o si en realidad no la ha declarado del todo, sino que estuvo acercando el dedo al botón para luego apartarlo cuando pillaba a alguien mirando. Yo lo entiendo, a mí me encantan los botones rojos. Además, es un debate muy importante, claro (ya me pronuncié sobre el mismo aquí con mayor extensión). Según sea un caso u otro multiplicas 155 por cinco o por ocho, con un bonificador +3 a la defensa si flanqueas al atacante, lo que puede marcar una gran diferencia en caso de escalada bélica. La política española parece un juego de rol. Y luego nos quejamos del auge de la posverdad.

Por supuesto, si no crees en las naciones el debate te resulta un poco estúpido. Y aquí, al contrario que con los ángeles, es más difícil encontrar algún tipo de consuelo.

Decía Francisco Umbral que la democracia no es el gobierno del pueblo, sino lo que se había inventado el pueblo para no tener que gobernar. Ese comentario, de una acidez admirable, nunca fue tan falso como ahora. Ahora todo el mundo quiere gobernar. Por encima de la Ley, por debajo de la Ley, por los lados de la Ley. Parece una saga de películas de Charles Bronson. Hay leyes que unas veces son sagradas y otras veces son sólo sugerencias, como el Código de Circulación alrededor de un colegio a las nueve menos cinco de un lunes por la mañana.

Y es que estos días… ¡qué manera de debatir de leyes! Es frecuente que los debates acaben abordando el aspecto legal del tema tratado. Es natural, las leyes tienen gravedad propia. Muchas veces preferimos una ley injusta y predecible (algo menos si la ley es particularmente injusta con nosotros, claro) a la arbitrariedad o al azar. Pero debatir sobre si se tiene que obedecer una ley o no es una pérdida de tiempo. 

Charles Bronson, en un fotograma de su película “Yo soy el 155”

Desobedecer leyes injustas tiene un nombre: se llama “desobediencia civil”, y casi seguro que ustedes también lo han hecho en alguna ocasión, al igual que habrán lamentado que no se cumplan con más rigor sus leyes favoritas. Yo, por ejemplo, querría que las autoridades públicas obligasen con más rigor a los peatones a circular por la acera de la derecha en relación al sentido de la marcha y a ceder el paso si lo haces por la de la izquierda, y lamento amargamente los planes del gobierno de retirar esa consideración en el nuevo código de circulación. Que llevan años diciendo que lo van a sacar, pero sigue en trámite parlamentario. Están con mucho lío con no-sé-qué tema muy importante, por lo visto.

Así, mientras lo pasamos en grande debatiendo leyes, es difícil encontrar en el periódico noticias sobre los disturbios en Murcia porque la gente no acaba de creerse, por algún oscuro motivo, que la separación de la ciudad en dos por un muro no vaya a ser definitiva. También, en el plano internacional más clásico, se observa que el atentado de Somalia no alcanzó lugar preponderante en las portadas de los periódicos nacionales, lo que nos confirma que la cotización del muerto occidental sigue superando con tranquilidad la barrera de los 200 cadáveres africanos. Les parecerá irrelevante o irrespetuoso, pero es un hecho que ha tranquilizado a las agencias de valoración económica, a las que no les gustan los sobresaltos en la bolsa de víctimas.

Y parece que en la cabeza de un alfiler pueden bailar 350 ángeles. Y parece que la barbacoa que están haciendo en Galicia se les ha ido de las manos. O quizá quepan 375 ángeles, si bailan pegaos. Son las 10 de la mañana y todavía no ha amanecido en Asturias por las nubes de ceniza de árboles quemados. 360 ángeles, ni pa ti ni pa mí. Sigamos contando cuantos caben. Con cuidado. No vayamos a pincharnos con el alfiler y despertemos.


  1. Hacer la compra debía de ser mucho más complicado que ahora. 
  2. Quizá alguien se encuentre con un estado de ánimo lo suficientemente puntilloso como para señalar que esta discusión de ángeles y alfileres era más propia de Bizancio, y que la escolástica está tradicionalmente más asociada a Europa occidental. Es un matiz correcto: aunque la escolástica también fue muy amiga de debates como el planteado, parece que el Imperio Bizantido se habría llevado la palma a la hora de discutir tonterías. El saber popular dice que este mismo tema de los ángeles era el que se estaba discutiendo mientras el Imperio Otomano tocaba con más fuerza de lo que la educación prescribe a las puertas de la ciudad en 1453. De ahí surge la hermosa expresión “discusión bizantina”, y no de una semifinal de la Champions League. 

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