Prohibiciones chivatas y aprendizajes tardíos

El otro día visité un pueblo plagado de señales contra los perros: “perros NO”, “prohibido perros”, “a los perros no se les fía”; mensajes de ese estilo. Me figuré que debía tratarse de un pueblo hostil para los canes, pero luego pensé que igual era al revés y se trataba de un pueblo muy perruno. A fin de cuentas, ¿qué necesidad habría de trazar tantas normas para perros si no hubiese muchos?

Pasó entonces frente a mí un chihuahua ataviado con lo que parecía un abrigo de diseño y tuve una revelación, mientras las nubes se abrían y un rayo de sol caía sobre mi cabeza. Y la revelación fue que algunas prohibiciones señalan, en realidad, lo contrario de lo que afirman: Tanto regular los pasos de los perros era una señal de su abundancia. “Prohibido perros” quería decir, en realidad, que en ese pueblo eran muy bienvenidos.

¿Cómo que no puedo entrar en la charcutería? ¡Usted no sabe con quién está hablando!

No prohibimos lo que nos resulta ajeno o extraño, sino lo que hacemos o anhelamos. Te prohíbes ir a la nevera a picar algo entre horas no porque no te guste, sino porque te gusta demasiado. Te prohíbes darle al botón de retrasar la alarma más de dos (o cinco) veces porque, en realidad, no tendrías problema en quedarte en la cama hasta mediodía. Te prohíbes comer más chocolate porque… un segundo, que ahora vuelvo.

¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por las prohibiciones. Parece que a veces dicen lo contrario de lo que se podría esperar de ellas, pero, entonces ¿valen para algo? ¿Deberían eliminarse?

No prohibimos lo que nos resulta ajeno o extraño, sino lo que hacemos o anhelamos.

La idea de acabar con lo prohibido no es nueva. En el mayo del 68 francés se hizo famoso el lema de “prohibido prohibir”. También hay una canción de Los Rodríguez titulada “Aquí no podemos hacerlo” en el que afirman que nada debería estar prohibido1. Pero, en el fondo, lo que proponen es escalofriante. Una sociedad en la que nada estuviese prohibido tendría que ser terriblemente homogénea, una en la que lo que se puede hacer y no está tan interiorizado que no hacen falta reglas; una sociedad completamente ordenada y aburrida, de pensamiento único2.

Así que es posible que haya prohibiciones que estén bien. Por ejemplo, documentándome para esta entrada (llamo “documentarme” a navegar alelado por internet buscando chorradas), descubrí que en Burundi está prohibido salir a correr porque el gobierno teme que se use de tapadera para preparar manifestaciones revolucionarias. A mí me vale. Como si lo prohíben porque te convierte en un objetivo más apetecible de cara a una hipotética invasión de alienígenas antropófagos, atraídos por lo fibrosa que es la población del país (una posibilidad anticipada en este blog aquí, porque estamos en todo). Imagino que ahora la oposición tenga que hacer sus reuniones en el McDonalds y, así, el gobierno haya conseguido el objetivo secundario de aumentar el riesgo de que la disidencia sufra un infarto de miocardio.

¡Disidentes!

¿Qué nos puede decir de una sociedad sus prohibiciones más concretas? En Fahrenheit 451, Ray Bradbury boceta un país en el que están prohibidos los libros, curiosamente por el mismo motivo por el que se prohíbe correr en Burundi ¿Se imaginan que estuviese prohibido leer? ¿La gente se reuniría en bibliotecas clandestinas para intercambiar libros?

¿Y qué podría llevar a tomar una decisión así de drástica? ¿Un libro especialmente dañino? ¿Qué tipo de bestseller podría llevar a un pueblo a tomar la decisión de prohibir la lectura y por qué lo habría escrito Dan Brown?

A fin de cuentas, puede que la lectura sea el invento humano que más impacto ha tenido sobre el proceso de aprendizaje. Ya veremos en el futuro si internet puede quitarle el primer puesto. Y eso me lleva a otro asunto…

Aprendizajes Tardíos

Tengo una pesadilla recurrente: En la víspera de mi muerte averiguo el sentido de la existencia y no es lo que yo creía. Es un sentido tangible y real, objetivo, cierto más allá de toda discusión y duda. Así que mi último día en la tierra es una constatación de que he llevado una vida alejada de su propósito real porque no supe averiguarlo a tiempo. (Otras veces sueño que los calamares invaden la tierra y soy adoptado como mascota de una familia de cefalópodos de clase media. Son tipos distintos de pesadillas).

La relación que tenemos como sociedad con la idea de aprender es un tanto ambivalente. Por una parte, lo vemos como algo que está muy bien, pero también nos parece algo que es mejor que le pase a otra persona. Decimos que el saber no ocupa lugar y que nunca te acostarás sin saber una cosa más. También se insiste en esa idea, con cierto tufillo neoliberal, de reinventarse y hacer un cursillo de ganchillo para iniciar una apasionante nueva carrera profesional porque te han despedido y nadie contrata a gente de tu perfil.

“Del poco dormir y el mucho leer se le secó el cerebro”

Pero con el mismo entusiasmo que decimos esto hablamos de conceptos que insinúan que hay un momento para aprender y otros muchos que no. Hablamos, por ejemplo, de completar los estudios y de la etapa formativa como algo anterior —más que simultáneo— a la etapa laboral. También hablamos de trabajar de lo mío, que me imagino que es una frase a la que mucha gente le encuentra un sentido. Y, por supuesto, está la omnipresente idea de que, a partir de una determinada edad, aprender tiene que tener una utilidad.

Porque, a medida que cumples años, es más probable que tu entorno te lance el mensaje sutil de que aprender es algo innecesario, como si hubiese una edad para “aprender” y otra para “saber”. Te dirán que saber es bueno y aprender es sólo el mal necesario. Te dirán que “aprendiz de mucho, maestro de nada“, y que “quien mucho abarca, poco aprieta“. Que hay conocimientos inútiles, que no sirven para nada3.

En Camelot4 T.H. White pone en boca de Merlín una hermosa verdad: que aprender es el único remedio infalible contra la tristeza. Creo de corazón que así es aunque también, a veces, algunos aprendizajes puedan sumirte en la paradójica melancolía de no haberlos adquiridos antes. Es posible que llegue el día en el que se me revele que el sentido de la existencia es otro distinto a aprender majaderías difusas pero, francamente, espero que no.

Tal vez sea lo mejor, para no llamarnos a engaño, dar un paso más allá que Burundi y prohibirnos aprender para evitar disidencias. Reconocer que esa sensación maravillosa que a veces te asalta la cabeza cuando todo encaja es, en realidad, muy peligrosa y que no debemos acostumbrarnos a ella, sino a andar por el mundo sin saber más de lo que ya sabemos. Hacer algo útil, tener una profesión estable, vivir una buena vida, seguir una trayectoria clara sin desviaciones.

Y, si nos asalta la tristeza, olvidarnos de Merlín y atiborrarnos a antidepresivos, que siempre será más seguro que meternos ideas nuevas en la cabeza.


  1. Parece un mensaje apropiado para una canción que simula estar hablando de sexo cuando en realidad está hablando de drogas, que son dos de los temas que más prohibiciones generan. ↩︎
  2. Siguiendo con Los Rodríguez, no quiero ni pensar en las drogas y el sexo que habría en una sociedad así. Por no hablar de los perros. ↩︎
  3. Aunque, en realidad, la utilidad de un conocimiento depende de su contexto ¿no? Quién sabe si el día de mañana te va a secuestrar el psicópata de Saw y te va a poner un acertijo que exija cierta fluidez en klingon o conocer al dedillo la historia oficial del Dark Souls. ↩︎
  4. Título traducido de la serie de novelas sobre el mito artúrico The once and future king, y que inspiró una famosa película de animación de Disney ↩︎

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