El sentido de la vida de los insectos

Hace unos días me topé con un insecto de largas patas pegado al cristal de la puerta. Fuera estaba oscuro, dentro brillaba la luz. Parecía querer entrar, aunque no sé si está dentro de las posibilidades cognitivas de los insectos “querer” cosas. Pero parecía realmente querer entrar.

No le maté, claro. No me gusta matar animales. Me estremece la alegría con la que se matan insectos. Entiendo que la actividad humana produce la muerte de animales de forma casi inevitable, y que muchos animales tienen la arraigada costumbre de matarse entre sí de variadas y creativas formas, pero con todo prefiero mantener mi marcador lo más bajo posible. Así que, inconscientemente, con voz mental, le deseé suerte y que fuese feliz, y que tuviese una existencia plena. Es lo malo de pensar rápido, que a veces se te cuelan voces en la cabeza con ideas peculiares.

Porque, vamos a ver… ¿Cómo puede ser la existencia de un insecto plena? ¿Encontrando un mamífero grande, calentito, con el que hincharse hasta hartarse; hallando una bombilla alrededor de la que girar sus dos semanas, o 24 horas, o minuto de vida? ¿Qué puede aspirar a hacer un insecto? No ya un insecto cualquiera, el insecto medio, sino incluso un insecto brillante, llamado a las más altas cotas de la insectidad. ¿A qué puede aspirar más que a la supervivencia un rato más, sin esperanza de trascendencia más allá de la reproducción? ¿Merece la pena vivir una vida así?

¿Qué es lo que hace valiosa la vida de un insecto? ¿Qué es lo que hace valiosa una vida que no tiene sentido? ¿Tiene sentido la vida de un insecto? ¿Existe un punto de complejidad o de consciencia a partir del cuál una vida pasa a ser valiosa, o no? Si contestamos que no a la pregunta anterior ¿qué hace distinta la existencia humana? ¿Es el sentido? ¿Cuál es el sentido de la vida, el de mi vida, el de la vida de los insectos?

Son preguntas sencillas, como resulta evidente, así que esta semana el post será corto.

–Somos William y Perséfone. ¿A que una vez que tenemos nombre cuesta más pasar de nuestra existencia?

El sentido de la vida es una de las preguntas clásicas de la filosofía, planteada ya en la antigua Grecia. Yo estudié filosofía varios años1, pero en lugar de seguir cada curso donde habíamos acabado el anterior, en cada ocasión volvíamos a empezar por los presocráticos, y luego nunca llegábamos a terminar el temario. Me imagino que fuese ahí, al final, donde te revelaban el sentido de la vida. Es pura lógica narrativa.

¡No se apuren! En una ocasión se me estropeó la lavadora, y la arreglé limpiando el filtro siguiendo un tutorial que encontré en youtube, así que esta vez seguiremos el mismo enfoque. Hasta donde yo sé, la complejidad del interior de una lavadora y el del sentido de la existencia debería ser similar, así que miremos lo que dicen en internet sobre el sentido de la vida. ¡Problema! La wikipedia deja el tema al llegar a Aristóteles. ¿Iría Jimmy Wales al mismo instituto que yo?

Claro, seguro que no estoy buscando bien. En esta época del 4.0 se llevan más los contenidos audiovisuales. Podemos buscar el sentido de la vida en youtube, pero si quieren les ahorro el esfuerzo. Charlas inspiracionales, pseudociencias, coaching de vida (¿¿¿???). Ni una palabra sobre insectos y el sentido de su existencia. Yo lo he tenido que dejar al tercer video con música New Age, porque me estaba levantando dolor de cabeza. Si ustedes han conseguido seguir y sacar algo en claro me avisan.

A ver, yo aspiraba a resolver este problema usando soluciones que se hubieran encontrado anteriormente. Vamos, que contaba con que me hicieran otros la entrada, pero esta claro que se trata de un problema que exije observación directa.

Tomemos el ejemplo de otros animales. Podemos considerar el gato y el perro, tanto por la robusta tradición de investigación sobre estas dos especies como por el hecho, nada despreciable, de que puedo observar a un ejemplar de cada especie sin levantarme de la silla.2

–Hace ya mucho que el humano puso fotos del gato en su blog, y atormenta mi alma no saber el motivo por el que yo aún no he aparecido en él ¿Acaso su afecto por mí es menor? ¿No soy también su criatura? ¿Cuándo se come aquí?

Mi gato parece haberle cogido el punto a esto de la existencia en sus diez años más de lo que yo he logrado en el triple de tiempo (tirando por lo bajo…). No le veo mirando curculiónidos y planteándose el sentido de su existencia: como mucho los persigue, los tortura y se los come o me los trae como trofeo. El compás moral de mi gato es muy de gato, y su preocupación por mantener el marcador de asesinatos animales bajo es nula. Aunque no parece que le cueste dormir por las noches me parece razonable asumir que no es el modelo a imitar en lo que a sentidos vitales se refiere.

Mi perro es más existencialista. Cada vez que queda sólo en casa puedes sentir cómo se pregunta que por qué estamos aquí, cuál es el sentido de todo esto y cuándo se va a abrir esa puta puerta. Pero se le pasa. Su compromiso con el angst es limitado. Su tristeza es efímera y su alegría contagiosa.

La gente que admira incondicionalmente la forma de encarar la vida de los perros suele pasar por alto que es muy parecida a la nuestra, con una salvedad: disimulan fatal. Son una especie fascinante, aunque no la veo intrínsecamente mejor que la humana. No creo, discrepando con el 99’8% de los comentarios de internet que sean “angelitos de cuatro patas”, ni “mucho mejores que nosotros”3. Los perros aman, odian, tienen prejuicios, pueden ser crueles, injustos, cabronazos problemáticos. Es normal que nuestras especies hayan unido sus destinos: nos parecemos tanto… El problema del sentido de la existencia de los perros es, neurona arriba, neurona abajo, asimilable al nuestro.4

Pues verán, llegado a este punto de la reflexión seguí pensando en insectos y en su existencia, y recordé que hace unos años leí “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl. Frankl fue un psiquiatra y psicoterapeuta que se pasó unos años en un campo de concentración nazi, según la costumbre de la época. A raiz de sus experiencias desarrolló una terapia (logoterapia) que incorporaba sus reflexiones. Esta terapia, basada en el psicoanálisis, está considerada hoy en día una pseudociencia y carece de valor científico, por lo que no abundaré en ella, pero considero interesantes algunas de sus reflexiones a nivel filosófico: Frankl considera que el ser humano es buscador de sentido. Dentro de la experiencia humana está incrustada la pulsión por buscar significado a su existencia. El sentido de la vida es la búsqueda del sentido.

La cuestión del sentido de la vida es una pregunta trampa, con un más que ligero regusto infantilizador

¿No les parece suficiente? Hacen bien. La neurociencia puede venir al rescate. Quizás han oído hablar alguna vez de la teoría de los tres cerebros. Si les gusta mucho, lamento decirles que esta teoría está desfasada y sólo es lícito usarla a nivel metafórico, pero es útil para ilustrar que el neocortex es la parte del cerebro humano que está comparativamente más desarrollada. En el neocortex reside la “sede social” de las capacidades cognitivas más típicamente humanas: la reflexión, la resolución de problemas, la concentración. En resumen, en el neocortex está (con amplia compañía) todo lo que ha llevado al ser humano a filosofar, a hacerse preguntas irresolubles.

Nuestra capacidad de abstracción, de concentración, de planificación, lo que en definitiva es nuestra capacidad cognitiva representa una ventaja competitiva como especie, pero esa capa (comparativamente) hipertrofiada de corteza cerebral, el secreto de nuestro éxito, también tiene efectos no previstos: uno de ellos es que, cuando tiene un momento libre, se lanza a hacerse preguntas complicadas como “cuál es el sentido de la vida” o “cómo pudo acabar así Lost”.

Es innegable que se necesita una estructura cerebral mínima para poder plantearte el sentido de la vida. La búsqueda del sentido de la vida está dentro de tu mente, no pululando por ahí. No es algo externo. No es el santo grial. No es una búsqueda milenaria, ni un viaje. No puedes coger gripes existenciales. Es una filfa, es anticlimático, es como si al equipo guionista de la realidad se le hubiesen acabado de repente las buenas ideas en la temporada cuaternaria. Pero, bien pensado, puede que sea mejor que las cosas sean así.

Porque en realidad, la cuestión del sentido de la vida es una pregunta trampa, con un más que ligero regusto infantilizador. Cuando alzas la voz para clamar al cielo, con expresión meditabunda, sobre el sentido de la vida en el fondo lanzas la pregunta esperando que “alguien” te la responda, ya sea algún(a) dios(a), el universo, los primigenios o (que no nos pase na) Paulo Coelho.5 Es una manera de eludir la responsabilidad de escoger qué quieres hacer con tu vida. No puede haber una respuesta correcta salvo que escojas creer que existe algo exterior ahí fuera que tiene las respuestas (y, si crees eso, ya puedes ahorrarte el resto de preguntas filosóficas y emprender una búsqueda iniciática à la Indiana Jones, porque las respuestas a tus preguntas siempre las tendrán otros).

Estoy de acuerdo con Frankl en esto: el sentido de la vida es el que quieras y puedas darle. No le debes nada a nadie en ese aspecto. Esto es así, al menos, para seres como los humanos, con consciencia y capacidad de análisis. ¿Y dónde quedan los insectos en este berenjenal? ¿Ya nadie se acuerda del insecto que me metió en este lío? ¿Dónde quedan todos los seres con sistemas nerviosos diferentes? Quién sabe. Quizás el sentido de la vida de un insecto puede ser intentar llegar a la luz o no permitirte dormir en toda la noche. O quizás carezca de sentido. No es tan terrible. A fin de cuentas ¿tan importante es que todo tenga un propósito?

Pero algo es innegable: mientras yo me planteaba si la vida de un insecto tiene sentido, el insecto en cuestión, sin vacilar en su determinación, sin derivas filosóficas, siguió intentando llegar a la luz. En realidad, el firme propósito de avanzar en una dirección determinada puede ser más que suficiente. A fin de cuentas si buscas la luz, en ocasiones podrás encontrarla. Si te conformas con la oscuridad, eso es todo lo que verás.


  1. En realidad, sólo la estudié un año. En el resto de los años sencillamente lanzaron filosofía hacía mí, pero sin mayor consecuencia. 
  2. No se preocupen. En este blog se compensa la falta de rigor científico con entusiasmo y chistes malos. 
  3. Esto será, si el cuerpo aguanta, tema para un post completo. 
  4. El libre albedrío puede representar una diferencia, pero el libre albedrío en humanos también es bastante problemático, no sé si saben. 
  5. Quizás la lanzas porque tienes 15 años, estás en el instituto y piensas que con una pose amargada y existencialista se liga más. Desde mi experiencia te diría que se liga un poco más, pero no estoy seguro de que valga la pena el esfuerzo. 

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