Tintín y el Toisón de Oro

La mayoría de ustedes recordarán los comics de Tintín. En los años 80 eras de Tintín o de Asterix como mucha gente es del Madrid o del Barça, y te enzarzabas en amargas polémicas sobre cuál de ellos era mejor y cuál un mero substitutivo cuando te faltaba el tuyo. Yo era de Asterix pero, como mucha gente, me leía igualmente los comics de Tintín.1

Muchos de ellos tenían títulos de agencia de viajes, como “Tintín en el Congo”, “Tintín en el Caribe” o similares, pero luego había otros más misteriosos, como “El Cetro de Otokkar”, “Las siete bolas de cristal” o “El Toisón de Oro”. Espera… ¿El Toisón de Oro? A ver si estoy liando cosas…

Veamos. Tintín, como personaje, tuvo una vida azarosa y sus intervenciones no siempre fueron afortunadas. Muchas veces se recuerdan sus historias por el racismo que destilan, especialmente en sus primeros álbumes. “Tintín en el Congo” y “Tintín en América” muestran visiones sobre las poblaciones indígenas tremendamente paternalistas y eurocéntricas. Se podría discutir mucho sobre esto, y hasta qué punto es criticable que una obra de arte muestre ideas comunes en su época, aunque en la actualidad sean de difícil encaje, como el mencionado racismo o, yo qué se, la monarquía por derecho divino.

Pero a medida que se suceden los cómics la perspectiva de estos se matizan con el propio devenir de la historia del mundo real. Los primeros volúmenes son etnocentristas, europeístas, muy en la línea de lo que Kipling llamó “la carga del hombre blanco”. No obstante, con la ocupación de Bélgica por la Alemania nazi, Tintín pierde –a la fuerza– casi todo el matiz político y se convierte, básicamente, en el protagonista de historietas de aventuras.2

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial los temas políticos reaparecen en la obra, pero siempre como subtexto de las peripecias del protagonista. Aún así, el tratamiento de otras culturas sigue siendo con frecuencia problemático3: Muchos años después del retrato de África de “Tintín en el Congo”, Hergé vuelve a repetir todos sus estereotipos racistas en “Stock de Coque”. Igualmente, en volúmenes como “La Estrella Misteriosa” se muestran tintes antisemitas en el tratamiento de los personajes.

Arriba: La última viñeta de “Tintín en el Congo” (primer cómic de Tintín). Abajo: La última tira de “Tintín y los pícaros” (último cómic de Tintín). Han pasado los años, pero algo permanece: sin el hombre blanco el resto del mundo está perdido.
Arriba: La última viñeta de “Tintín en el Congo” (primer cómic de Tintín). Abajo: La última tira de “Tintín y los pícaros” (último cómic de Tintín). Han pasado los años, pero algo permanece: sin el hombre blanco el resto del mundo está perdido.

Las Aventuras de Tintín intentan parecer modernas, pero siempre acaban resultando conservadoras hasta el punto de lo reaccionario. En ese testamento en forma de cómic que es “Tintín y los pícaros”, Hergé concluye mostrando todas sus desconfianzas hacia las revoluciones del centro y sur de América de una manera casi simétrica a como termina su primer volumen en el Congo: tras el paso del hombre blanco, sin su guía, todo va a permanecer igual.

Cuando oí que se le había “concedido” el Toisón de oro a la ciudadana princesa Leonor pensé en Tintín inmediatamente. Qué le voy a hacer. “Tíntín y el Toisón de Oro” suena muy apropiado. Al final de “El Cetro de Ottokar” (el único volumen crítico con el fascismo de la serie) a Tintín le conceden El Pelícano de Oro, aunque en este caso era por salvar al país del desastre, y no por cumplir diez años. Matices, matices.

Pero imaginen este argumento para la historia: La noche anterior a la imposición del Toisón de Oro a la Princesa Leonor la condecoración desaparece. La situación es catastrófica porque sin el Toisón, signo del pacto del Rey con la plebe, la nación caería en la anarquía o la república, que vaya usté a saber cuál es peor de las dos. Por suerte, el reportero belga Tintín, que se encuentra en la capital para cubrir el evento, consigue recuperar el Toisón justo a tiempo para la ceremonia, y a Leonor le da tiempo a recibir su galardón y pasar el resto de la tarde haciendo los deberes de Conocimiento del Medio (aunque en realidad se los hace una menina mientras ella ve “Los siete samurais” en versión original en japonés).

Esta historia no es real… ¡O quizás sí! ¿Cómo podríamos saberlo? A fin de cuentas, aún existen países con monarquías, con dinastías gobernantes, con Órdenes de Caballería y Toisones de Oro que se conceden graciosamente como signo de un próspero reinado de entrega y voluntad de servicio de oropel al pueblo vasallo.

No me malinterpreten. No tengo nada personal contra la ciudadana princesa Leonor. Me parece estupendo que le guste Kurosawa, de verdad, y que lea libros de complejidad superior a la que se le supone a su edad: no tengo por qué dudar de su capacidad para entenderlos y, además, me parece genial que su figura pública proyecte un modelo de cultura, en lugar del garrulismo al que otros miembros de su familia nos tienen acostumbrados. Pero lo del Toisón… no lo acabo de ver.

A las monarquías le pasa lo que a los comics de Tintín: aunque intenten modernizarse, a la que te despistas le sigue saliendo lo rancio. Por ejemplo, las condecoraciones y los premios se supone que se conceden por aportaciones de gran valía. Aunque todo premio concedido discrecionalmente va a tener un componente subjetivo, otorgar un premio por cumplir diez años, o por ser hija de alguien, es rancio, por mucho que te lo adorne la prensa seria.

Habrá gente que me diga que el Toisón de Oro en realidad no es una condecoración, sino que es señal de ingreso en la homónima Orden de Caballería cuya fundación data del Siglo XV, y que es prerrogativa del Gran Maestre de la Orden incorporar a su servicio a individuos notables según lo que le marque su propia discreción. Qué quieren que les diga, mirando la lista de agraciados 4 parece más bien algo que se concede a los amigotes. Pero si me dicen eso con la idea de que me parezca menos rancio creo que vamos bastante mal.

–Los españoles son muy simpáticos y serviciales…
–Españoles mucho simpáticos y serviciales. A mí gustar sol y sangría…

También se puede razonar que no es más que un acto de preparación de la princesa Leonor para el desempeño de sus futuros cargos institucionales. Por supuesto: lo de heredar el trabajo de tu padre y lo de tener derechos dinásticos no es, para nada, rancio. Además, en lugar de “preparar” a alguien desde su nacimiento para ocupar la jefatura de Estado podríamos probar alguna otra cosa como, yo qué sé, unas elecciones para el cargo. He oído que hay lugares exóticos donde se hace así y parece que el planeta aún no ha explotado.5

En realidad, la transición española fue muy de aventura de Tintín: Hay crisis, sustos, momentos de guardar el aliento, ruido de sables y, al final, una resolución que parece narrativamente satisfactoria pero con un trasfondo claramente conservador. Llevamos una temporada que parece que vivimos en la última viñeta de alguna de sus aventuras más casposas, cuando el reportero se marcha y el país que salvó se queda rascándose las pulgas. Estoy seguro de que Hergé estaría orgulloso. No sé. Ya les he dicho que yo soy más de Asterix.

Lo que sí tengo claro es que si la monarquía española quiere parecer moderna y cercana (como dicen que quieren), y obviando el tantas veces pospuesto debate sobre un cambio de modelo de Estado, sería muy de agradecer que se evitasen gestos del siglo XV. Y por supuesto, si no queremos que nos traten como vasallos estaría muy bien que dejásemos de comportarnos como tal. 

Ya puestos, si queremos sacar modelos de comportamiento político de los cómics, creo que los porteadores de Abraracurcix serían un modelo mucho mejor.


  1. Como la gente del Madrid ve partidos del Barça, supongo. No sabría decirles. Mis conocimientos sobre fútbol se limitan a que si tiras desde detrás de la línea de 6,25 las Wafllers tienen valor triple. 
  2. El primer volumen de Tintín, “Tintín en el país de los soviets” es un panfleto antisoviético hecho sobre la marcha, sin mayor documentación por parte del autor, basado en la propaganda reaccionaria de la época. “El Cetro de Ottokar”, por otra parte, narra la resistencia de una nación báltica inventada frente a los intentos de ocupación de un país que recuerda mucho a la Alemania nazi, que empezaba a enseñar los dientes. Tras la ocupación de Bélgica por Alemania Hergé no se pudo permitir expresar ideario político de ninguna clase. 
  3. Es una excepción notable la cultura china. Durante la preparación de “El Loto Azul” Hergé contó con la ayuda de un estudiante chino, Zhang Chongren, que le asistió en la documentación, caligrafía e inmersión cultural del volumen. La amistad entre Zhang y Hergé se prolongó en el tiempo, y fue la inspiración del personaje de Chang. Desgraciadamente, su cambio de actitud hacia China no se generalizó a otros países del mundo. Si Hergé hubiese trabado amistad con alguien de África probablemente su tratamiento de este continente hubiese sido muy distinto. Los prejuicios, como los piojos, se agarran fuerte a la cabeza. 
  4. Hasta 1985 no se le entregó a ninguna mujer. Desde entonces, a cuatro. 
  5. Aunque igual esa es la verdadera causa del cambio climático, vaya usted a saber. 

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