El tiempo es la levadura del cambio

Siempre tengo levadura en la nevera. No de la de sobre1, sino levadura fresca, de la que caduca a las pocas semanas. La compro en el supermercado y la guardo en la nevera para hacer pan.

Pero luego casi nunca la utilizo. La levadura caduca, se muere y ya no sirve para nada, así que la tiro a la basura. La próxima vez que voy al supermercado vuelvo a comprar levadura, porque esta vez sí-que-sí que voy a hacer pan.

Verán, yo antes amasaba un par de días a la semana, usando mi levadura fresca, y nunca se me estropeaba. Como mucho me quedaba corto y necesitaba comprar con más frecuencia de la prevista. Eso era antes. “Eso” era, también, la persona que yo era antes. Yo era una persona que hacía pan en casa, que sabía qué significaban cosas como “porcentaje panadero” y demás, pero ya no lo soy. Tampoco es nada grave. He tenido cambios peores.

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He tenido cambios peores.

La cuestión es que siento que todavía no estoy preparado para dejar de ser esa persona, aunque sea evidente que ya no lo soy. Por eso compro levadura en el supermercado. Sé que es una fase de negación, pero no puedo evitarlo. En todo caso, ahora soy el tipo de persona que compra levadura y no hace pan.

Porque, aunque estemos cambiando de forma constante, no es fácil levantarte una mañana y descubrir que ya no eres la persona que habías sido. Puede ser mucho peor: es normal que cambiemos y ni siquiera nos demos cuenta de lo que ha pasado, e incluso que pensemos que toda la vida hemos sido así. Nos aferramos a la identidad con un celo desmedido.

Pero la identidad es una piltrafa. Es una extrapolación edulcorada basada en nuestros recuerdos, en nuestros imperfectos recuerdos del pasado. Y es uno de los principales motivos de hacer tonterías: Como crees ser un determinado tipo de persona, te ves en la obligación de hacer determinadas actividades, de mantener determinadas opiniones, de aferrarte a pensamientos que ahora te parece que no tienen sentido. La identidad es un acuerdo tácito para no perder tiempo todos los días intentando conocernos, para admitir que las personas que verás hoy se parecerán razonablemente a las que viste ayer. Pero también puede ser una sutil forma de opresión.

Los gurús de la autoayuda suelen afirmar que es importante saber quién eres. “Conócete a ti mismo”, rezaba el templo de Apolo en Delfos en la Grecia Clásica, cuna de la autoayuda. En las películas de Disney es habitual que haya un conflicto entre lo que te dicen que eres y lo que realmente eres. En la mitología del Viaje del Héroe es habitual establecer una tensión entre la apariencia y la realidad, teniendo que sufrir un cambio para que “aflore tu verdadero ser”. Pero bajo la idea de la identidad, del autoconocimiento, muchas veces yace otra forma de opresión: la opresión de ser lo que se supone que eres. Si te aferras demasiado a la identidad estrangulas la posibilidad del cambio.  Y en muchas ocasiones el cambio no es algo que buscas, sino algo que te sucede. No en pocas ocasiones, algo que te sucede intentando saber quién eres. Por eso si te aferras demasiado a la identidad no podrás cambiar; y, paradójicamente, el cambio es una de las pocas constantes que he encontrado en la vida. Cuando alguien te dice “has cambiado” suele querer decir “no eres como quiero que seas”. Si eres “lo que estabas destinado a ser” ya no puedes ser otra cosa.

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Puedes ser un niño de verdad aunque seas de madera, Pinocho.

Tenemos en muy alta estima la coherencia. Entiéndanme, una dosis de coherencia está bien, aunque solo sea para mantener un poco de estructura en nuestro pensamiento. Pero muchas veces criticamos a otras personas por cambiar su forma de vida o de pensar un tanto gratuitamente. “¿Para qué hace esto ahora, si siempre dijo lo contrario?”, decimos en corrillos cuando alguien… bueno… cambia. A mí, en realidad, me da más miedo la gente que sigue pensando como hace veinte años, porque la única forma que conozco de pensar lo mismo durante dos décadas es no pensar demasiado.

A veces la identidad es una tiranía. A veces la coherencia no es más que una forma de tiranía autoimpuesta que te impide reconocer que has cambiado. Sean algo, sean lo que quieran o lo que puedan, pero no se obsesionen demasiado con ello, porque no es tan importante como nos han hecho pensar. Pocas cosas lo son.

Por eso la bio del twitter se puede editar. Por eso sigo comprando levadura. Por eso escribo en este blog. Para mantenerme en la duda. Para poder hacer pan si me apetece. Para poder escucharme2.


  1. Que en realidad no es levadura, sino impulsor químico, y puede aguantar un par de cataclismos sin perder eficacia. 
  2. “Habla para que yo te vea”, dicen que decía Sócrates, otro gurú de la autoayuda. 

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