Cómo restaurar el turismo

Este mes la prensa seria se ha acordado de la obra pictórica de Cecilia Giménez, a raíz de una noticia de actualidad. Quizás no recuerden quién es la pintora en cuestión. Pero si les digo que fue la artífice de la “restauración” del Ecce Homo de Borja seguramente ya sepan de quién les hablo.

La señora Gimenez saltó al estrellato de forma un tanto accidentada, tras la fallida restauración de una obra menor de un artista del siglo XIX. El arreglo, por decirlo suavemente, no respetó demasiado la imagen original, ya de por sí muy deteriorada, y el monigote resultante (que, según su autora, estaba sin terminar) ocupó portadas de la prensa seria de una amplia parte del mundo. La gente, siendo muy gente, empezó a hacer cola a las puertas del santuario con el único fin de escandalizarse, y no faltó quien pidió multas ejemplarizantes y cabezas servidas en bandejas de plata por la destrucción de una obra cumbre del arte occidental de cuya existencia acababan de enterarse.

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No quiere ser llamado más “Ecce Homo”. Quiere que le llamemos Kiko y respetemos su trabajo como DJ.

En algún momento entre la semana y el mes del atentado artístico las hileras expectantes ya no eran de personas ofendidas, sino de fans del Ecce Homo 2.0. A partir de ahí, el delirio. Las visitas al Santuario de Misericordia se dispararon, se empezó a cobrar la entrada a dos euros, se creó un centro de interpretación del Cristo de Borja con fotos del antes y el después (como si aquello fuese publicidad cutre de una clínica de adelgazamiento) y se dispuso una línea de tazas, camisetas y otros útiles con la efigie del Ecce Homo, con tienda online incluida. En la actualidad, el (nuevo) Cristo de Borja ocupa un lugar principal en la página local de turismo, y me imagino que los proyectos de restauración anunciados en la fase de escándalo hayan quedado postergados sine die.

Mientras Cecilia Giménez atendía a los medios de comunicación, en el pueblo asturiano de Rañadorio otra mujer con más voluntad que conocimientos de restauración iniciaba su trabajo sobre unas tallas policromadas del siglo XV. Dicha labor consistió en la esmerada aplicación de una doble capa de titanlux con una elección cromática quizás más propia para los carnavales de Rio que para un retablo.

La autora del desaguisado, Maria Luisa Menéndez, a la que la prensa se refiere de forma incansable como “Marisa la del estanco” no se arrepiente. Es más, parece cercana a afirmar sin vergüenza que volvería a hacerlo, e incluso sostiene que su trabajo mejoró las tallas, porque antes sólo valían “para leña”, y ahora al menos están vistosas y apañadas. Lo curioso es que sus vecinos parecen compartir similar opinión.

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El mundo ha cambiado desde Borja hasta Rañadorio. Entre las dos restauraciones amateur hemos vivido el ascenso al poder de una figura como Trump, el éxito del Brexit, la tremenda popularización de internet como herramienta de comunicación e información. Todos estos acontecimientos favorecen el auge de la posverdad tanto como se nutren de ella.

La posverdad es más que una mentira. La posverdad es la mentira narrada, una mentira que aceptas gustosamente, sabiendo que es falsa, porque se adapta a tu visión del mundo. La posverdad es una forma de neorromanticismo en el que se rechaza la razón por opresora, y se niega la existencia de verdades no interpretables. Es afirmar que todas las opiniones, sobre cualquier tema, son igual de válidas, en una horrenda malinterpretación de la libertad de expresión.

Quizás esto es lo que lleva a las gentes de Rañadorio a decir que las tallas les gustan más así. Quizás sea una forma de lealtad vecinal, quizás sea una crítica al abandono del medio rural o el aprovechamiento de una oportunidad de relanzar el turismo. O a lo mejor son los periódicos quienes exageran las reacciones favorables de los vecinos para aumentar la palatabilidad de la noticia, lo que no dejaría de ser otra forma de ejercer la posverdad.

Entre 2012 y 2018 el mundo ha cambiado mucho más de lo esperado. Mientras sobrevivíamos a una crisis financiera que nos han insistido que fue culpa nuestra hemos aprendido a dar rienda suelta al pequeño Goebbels interior, y repetimos mil veces las mentiras para hacerlas verdad.

Si se quiere ver de forma más optimista (seamos positivos), imponer la opinión a la realidad es todo un triunfo de la voluntad humana. Las consecuencias, ya las iremos viendo.

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