Estupidez, mariconez

A mí me gusta mucho la música, pero es un amor no correspondido: Tengo prohibido cantar en 15 comunidades autónomas y las otras dos son de climas muy secos. Por otra parte, soy muy crítico con la idea del triunfo como fin último de la vida, especialmente según la definición que habitualmente usamos de “triunfar”.

Por esto, cuando se emitió por primera vez “Operación Triunfo” rechacé el concepto y me negué a ver el programa. Y ahora que vamos por la chorronésima edición tampoco lo veo, pero más por indiferencia que por un rechazo genuino (y es que estar enfadado es muy cansado). Así que, si bien no comparto la idea de que lo importa es “triunfar”, y menos en las artes, reconozco que el formato ha traído, ya que no triunfos en Eurovisión, alguna cosa buena, como pueden ser los agudos debates sociales.


Colas para entrar en la primera gala de OT de este año.

Pongamos la semana pasada de ejemplo: una concursante de OT dice que no se siente cómoda con el verso de una canción de Mecano que dice “siempre los cariñitos me han parecido una mariconez” porque le parece homófobo. Tensión, consultas, un primer momento en que parece que se cambia “mariconez” por “estupidez”, queja de la intérprete original de la canción que, casualmente, estaba por allí; recurso, nuevas consultas. Y que no. Que el autor original de la canción dice que se queda “mariconez”, y ya.

Caray. Y quién es él para tomar tan bizarra determinación. Bueno, pues es el autor. Y en tanto que autor tiene una serie de derechos que se llaman “morales”, entre los que se incluyen el derecho a la integridad de la obra. Esto implica que no se puede alterar la obra sin su permiso, y menos en difusión pública. Yo ahora me quedo preocupado porque esta mañana he estado cantando en la ducha el “Let it go” de Frozen a todo lo que me daban los pulmones y temo una denuncia vecinal por algunos cambios creativos que hice en la letra. Y es que esto antes no pasaba. ¿Antes, cuándo? Pues… ya saben… “antes”

Elsa
Sabemos que el frío no le molesta pero… ¿qué opinará Elsa de los cariñitos?

En realidad, el concepto de autoría es de hace cuatro días1, como quien dice, pero eso tampoco tiene mayor importancia. Y no la tiene porque discutir si el término “mariconez” es homófobo es como discutir si el agua moja, hoygan. Por supuesto que es homófobo. Y es igualmente inútil afirmar que cuando se escribió la canción era un término que se usaba coloquialmente. Igual es de un poco más de utilidad recordar que en 1983 el 54% de la población creía que la homosexualidad nunca estaba justificada, que yo ya no sé qué me chirría más, si el porcentaje o que se pregunte si está “justificada” una orientación sexual, como si ser homosexual fuese algo que escogieras o de lo que tengas que dar explicaciones. “Mariconez” era un término coloquial, porque cotidianamente éramos homófobos. ¿A que no era tan difícil?

Al final me he quedado con las ganas de saber en qué acabó el tema, porque a mí me parece muy bien que a una de las alumnas le dé reparo utilizar un término homófobo en su carrera estelar al triunfo pero, tampoco vamos a pasarnos, no me ha impresionado tanto como para ponerme a ver el programa. Es lo malo de esta época, que vivimos tiempos extraños y todo pasa muy rápido, aunque seguro que eso también lo decían Erasmo de Rotterdam y Urik-gura, la troglodita de Atapuerca.


“Yo cuando era joven también cazaba mamut, pero teníamos un respeto…”

En el fondo lo que me pasa es que todo esto me parece una cortina de humo para no embocar el que creo que debería ser el verdadero tema del debate: Dejando de lado si es estupidez o mariconez… ¿cariñitos sí o cariñitos no?

Yo en este debate voy a posicionarme a favor de los cariñitos, siempre y cuando te permitan comer galletas en el salón dejándolo todo perdido de migas. Ahí sí que no transijo:


Guille, coach del amor.

Cariñitos hetero, homo o como sea menester, pero comiendo galletas en el salón. Esa sí que es una lección importante.


  1. El concepto de “autoría” es algo nuevo, con solo unos miles de años de antigüedad, y su extensión es todavía más reciente, aunque la SGAE nos quiera hacer pensar que existe desde el pleistoceno. Sirva como muestra que se duda de si Homero era una persona o varias, que el Lazarillo de Tormes es anónimo o que el Cantar del Mio Cid es de autoría popular. Y que hasta bien avanzada la Edad Media era normal que publicases libros firmados por tu maestro para aumentar su prestigio al tiempo que dabas visibilidad a tu trabajo. Algo así como lo que hizo Ana Rosa con “Sabor a hiel”, pero en menos cutre (lo cual nos demuestra, por otro lado, que la práctica no se ha perdido).

    En la música, los derechos de autor son todavía más recientes. Hasta hace muy poco lo más habitual es que lo que tocases o cantases fuese “popular”, y la canción podía adaptarse o cambiarse. Si tú escribías una canción y se popularizaba eso redundaba en tu mayor gloria y prestigio. Lo hermoso de esto es que el arte cambiaba con la sociedad, para amoldarse a la misma. No tenía tanta importancia mantener la versión original de cada canción, sino que esta versión podía variar, ganar popularidad o caer en el olvido. Muchas canciones se perdían, pero a cambio el arte se volvía algo más dinámico. Ganarte la vida con una producción artística era algo harto complicado, con este modelo. 

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