La insoportable levedad del hacendado

El otro día en el Mercadona tuve una curiosa revelación: los seres humanos son mejores cuanto menos haya. Esta idea me vino a la cabeza en el momento en el que la cajera dijo “pasen en orden por esta caja” y se desataba el Apocalipsis.

Mientras una señora me clavaba tres codos (yo también quedé sorprendido) en las costillas y un octogenario me pasaba la cesta de la compra a escasos centímetros de la cabeza me llegó la idea: en lo que a seres humanos se refiere, menos es más. Y, si seguimos la asíntota de esta función, podríamos aventurar otra conclusión: si no hay nadie, todavía mejor. Especialmente en la cola del súper.

Quizás les parezca misántropo, pero pónganse en mi lugar: Acababa de sufrir una (casi) contusión cerebral, y eso deja (casi) secuelas. Soy consciente de que la humanidad tiene cosas buenas. Ha inventado cosas como internet o el chocolate. Si yo en realidad adoro a la humanidad: es la gente la que me pone de los nervios. Sobre todo cuando hay ocho hileras y escoges, hagas lo que hagas, la más lenta.

La gente da una reconfortante sensación de seguridad. Es habitual sentirse a salvo en lugares públicos como el supermercado. Yo, qué quieren que les diga, en situaciones así me acuerdo mucho de la pobre Kitty Genovese y el efecto espectador. Pensado con calma, las calles solitarias son lugares seguros. Sólo se vuelven peligrosas cuando se mete gente en ellas.


“Pasen por esta caja en orden, por favor”

Dicen que si alguna vez te ves en una emergencia y necesitas pedir ayuda en la calle la mejor manera de hacerlo es dirigirte a una persona en concreto y hacer una petición inequívoca. Por ejemplo: “Perdone, usted, la señora del abrigo rojo, no huya, no soy de ninguna oenegé ¿podría, por favor, llamar al 112? Es que creo que me está dando algo“.

Por supuesto, esto es España, así que, una vez que alguien se anime a ayudarte en seguida se formará a tu alrededor un corrillo de “expertos” con conocimientos avanzados en Emergencias Extrahospitalarias que te levantarán las piernas, te quitarán el casco, te dirán que tomes muchos líquidos, te pondrán de pie a caminar, te recomendarán no ponerte la vacuna de la gripe, te darán un trozo de pan para subirte el azúcar, te explicarán por qué no es buena idea jugar con un falso nueve y te operarán del apéndice. Es la misma gente que luego no se atreve con una RCP por si lo hacen mal.

No teníamos ni idea de lo que decía la cajera, pero lo hacía con gracia. Y parece ser que de eso se trata.

Vale, vale; reconozco que las colas no sacan lo mejor de mí. Pero tampoco soy el único, porque la cosa no quedó ahí.

Apenas se había posado el polvo tras la apertura de la nueva caja cuando la atención de toda la clientela se fue a la de al lado. Allí una clienta discutía animosamente con la cajera. Desde mi sitio no alcanzaba a escuchar bien el motivo, algo de una vuelta mal dada. Apareció un nuevo tíquet, un producto iba y venía mientras clienta y cajera intercambiaban mordacidades. Se hizo un cierto silencio en el supermercado, porque de repente lo que pasaba en esa caja era más importante que un posible ataque de Galactus.

La verdad es que no sabíamos quién tenía razón, pero no cabía duda de que la cajera discutía con más gracia que su oponente, así que la multitud se puso de su parte. Empezamos a jalearla de forma sutil. Ya saben, sin dar gritos ni coreando su nombre, pero riendo lo que parecían chistes y frunciendo el ceño por el tapón en la línea de cobro. Además, la cajera hacía pausas dramáticas muy apropiadas y establecía contacto visual con el respetable, buscando su complicidad. No teníamos ni idea de lo que decía (salvo la primera fila), pero lo hacía con gracia. Y parece ser que de eso se trata.

Al final la clienta (no sé si satisfecha) acabó marchando (no sé si con razón), dejando libre la caja bajo el murmullo desaprobador de la turba que, en ese momento, acabada la distracción, volvió a convertirse en un mero grupo de clientes egoístas peleando por el mejor hueco para pagar.

Es curioso: no sabíamos quién tenía razón ni por qué discutían, pero quedó claro que la cajera había ganado el debate. Me pareció que había una lección ahí: la verdad suele ser una parte minoritaria de cualquier conflicto, y casi nunca la más importante. Se non è vero, è ben trovato.

El sistema electoral se parece un poco a la línea de cajas de un supermercado

No pude evitar acordarme de los debates televisados que hacen cuando tocan elecciones, y cómo hay gente que los defiende como un instrumento imprescindible de la normalidad democrática. A mí me parecen una chorrada. O, si prefieren que lo diga de forma más fina, una mera costumbre más asociada al ritual electoral que a una utilidad real, como la pega de carteles o los mítines. Una liturgia. ¿Alguien va a un mitin a ver si le convencen? ¿De verdad que no vas ya con el convencimiento de casa?

En realidad, pensaba mientras esperaba en la cola, todo el sistema electoral se parece un poco a la línea de cajas de un supermercado, con una caja para cada partido: Tú sólo puedes escoger en cuál te pones, y la mayoría de las veces ni siquiera escuchas lo que dicen. Da igual, porque lo importante es que lo digan con gracia. Lo que está claro es que, al final, vas a pagar. Y cuando abren una caja nueva la gente se amontona en ella, sin importar si es morada o naranja. Pero pasado el arreón inicial acaban siendo todas, más o menos, igual de lentas. Por supuesto, a algunos partidos no les vales con una caja y hacen una caja B.

En estas estaba cuando noté que alguien me clavaba su carro en los riñones. Todo volvía a la normalidad. Era el siguiente. Empecé a poner la compra en la cinta y miré a mi alrededor por si acaso. No estaba seguro de haber cerrado bien las bolsas de verduras a granel y, si discutía con la cajera, necesitaba poder formar rápidamente una corriente de opinión favorable. La clienta de atrás empezó a poner sus cosas antes de que yo hubiera acabado, mezclándolo todo, y el de delante se puso a mirar el móvil con sus bolsas todavía en medio.

En fin, pensé, mejores cuanto menos. A veces de verdad creo que tenemos los supermercados que nos merecemos. Y luego me preguntan por qué prefiero hacer la compra por internet.

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