La peluquera bolivariana

Mi peluquera, me dice siempre, es bolivariana, y últimamente anda de capa caída. Está mustia, tristona. Dice que le duele Maduro, pero que es difícil de explicar. Igualmente lo intenta. No es desilusión, dice; a la gente revolucionaria la ilusión no puede faltarle o ya puede empezar a llamarse de otra manera. Posibilista. Socialdemócrata. No sé. De otra manera.

Mientras me pone la capa de corte me comenta, como quien no quiere la cosa, que ser demócrata está bien cuando tienes posesiones. Cuando no tienes nada de nada, ni siquiera esperanza, te sacas el carné de pobre y vives de migajas o te haces a la revolución. Así sigues sin tener nada, pero al menos ya tienes esperanzas.

Dice que aquí no sabemos lo que es la pobreza porque no sabemos lo que tenemos, y por eso no podemos imaginarnos sin ello. No sabemos lo que es “no tener nada” porque, hasta cuando no tenemos nada, tenemos demasiado. No sé si lo dice como algo bueno o algo malo.

Dice que la revolución consiste en tener razón y que la razón, como la revolución, no se discute. Dice que Chávez convocaba consultas porque sabía que las iba a ganar de calle, y convocaba elecciones porque sabía que las iba a ganar de calle. Que sólo los ingleses y los insensatos convocan consultas para perderlas, pero no los venezolanos. Que si no tienes razón, te quedan los alzamientos.

Dice que Chávez sabía que la democracia bien hecha era otra forma de hacer la revolución. Que la revolución bien hecha se parece mucho a la democracia bien hecha pero, si hay que elegir, es más importante la revolución que la democracia. Dice que esto es algo que no puedes decir en España pero se piensa mucho en Latinoamérica.

Que es mejor ganar elecciones que golpes de Estado, pero que es peor perder siempre. También dice que Chávez murió de un cáncer que le mandaron de Washington. Suele contarme esto mientras me repasa la nuca (sospecho que para que no pueda mostrar desacuerdo). Siempre que habla de Chávez tiene una navaja en la mano, no sé si por amor o por odio.

Dice que entiende en parte a Guaidó y que también entiende a Maduro, y que eso la hace una mala revolucionaria. Que por eso está triste, porque la revolución demasiado reflexionada es evolución, y la evolución siempre la ganan los mismos.

Mira a Darwin, dice: un inglés victoriano. La evolución siempre la ganan los ingleses o, en este caso, sus primos los yanquis. Dice que si un paquete de lentejas (si queda alguno en Venezuela) se hubiera proclamado presidente, Trump lo mismo lo hubiera apoyado.

Dice en voz baja que, en el fondo, alcanza a comprender la postura de Guaidó porque Maduro no es presidente del todo. Pero también entiende a Maduro porque Guaidó no puede nombrarse a si mismo presidente. Que si no hay reglas claras se puede nombrar cualquiera, y contar con el apoyo de Trump y del paquete de lentejas. Dice que cuando Trump apoya algo tu primer impulso es apoyar lo contrario.

Dice que Maduro y Guaidó se están inventando cada uno un Estado por separado, con sus propios poderes, con sus propias administraciones, pero que el problema es que sólo tienen una Venezuela.

Dice que cuando no sabes lo que hay que hacer, lo mejor es adoptar una postura muy rápido y mantenerla de forma convencida. Que para hacer la revolución es mejor morir joven, porque así al menos puedes vender camisetas, proclama señalando la foto del Ché que tiene, como una estampita, en una esquina del calendario de pared de la peluquería. No sé si está de guasa.

Dice que se está haciendo vieja, carajo, porque entiende que ninguna de las dos partes tiene toda la razón, porque es una situación muy jodida y porque no tiene ni puta idea de qué es lo que habría que hacer. Cuando se emociona se le suelta mucho la lengua. Dice que la revolución no es para viejas, y que la democracia no es para jóvenes, y que por eso es tan difícil que haya paz social.

Y todo esto me lo cuenta mientras las tijeras vuelan alrededor de mi cabeza, mientras la navaja repasa el corte. Cuando finalmente saca el espejo de mano para enseñarme cómo me ha quedado la parte de atrás me dice que ella es bolivariana porque sólo cree en líderes muertos. Que son los únicos que ya no defraudan.

Creo que mi peluquera me toma el pelo constantemente, y no sólo en sentido literal. Pero me gusta, porque nunca tengo que darle conversación.

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