Nini: Ni súbdito ni feligrés

Me van a disculpar el alzamiento, pero hoy me he levantado insurrecto. No, no me he levantado: me han puesto. Primero, porque el alcalde de la ciudad donde vivo me exhorta en un bando a recibir con regocijo a la heredera de la corona, que viene graciosamente a entregar unos premios en su honor. ¿Estoy en una obra de Calderón, o en un pastiche de Alatriste, viva el rey, voto a brios?

Yo no tengo nada en contra de la monarquía, más allá de que preferiría que no existiese. Igual debería reformular esta frase. No me gusta la monarquía al ser, por definición, una forma de Estado arcaica y nepotista, y eso es algo que no puede ser discutido dado que está en su propia descripción de producto. Pero también entiendo los costes asociados a cambiar la fórmula de Estado de un país, la crisis institucional que provocaría y, qué se yo, hasta puedo admitir que lo mismo no nos interesa cambiarlo en estos tiempos de bamboleos. Es como esas cortinas feas del salón que tienes y quieres cambiar, pero no lo haces porque no acabas de encontrar el momento, y además ahora no te viene bien porque se te acaba de inundar la cocina. Pero, oigan, si están pensando en que salga gozoso a la calle a festejar al monarca y a su-infanta-que-nos-ha-brindado-dios para mayor gloria de su pueblo, deberían revisar su medicación.

La monarquía es como esas cortinas feas del salón que quieres cambiar pero no lo haces porque no acabas de encontrar el momento.

Empresarios y ladrones

Quizás es que me he metido en un agujero de gusano y he caído en una novela de Zola, pienso al poco, cuando el presidente de la CEOE me dice que es mi obligación hablar bien de España. Se diría que le molesta la libertad de expresión o, quién sabe, igual es la de pensamiento la que le resulta incómoda. Nos quieren hambrientos, callados, trabajando por un tarugo de pan, hablando bien del patrón que nos da de comer. Milana bonita. 

“El patrón es muy bueno y nos prorroga la obra y servicio dos meses"
“El patrón es muy bueno y nos prorroga la obra y servicio dos meses"

Hablaremos bien de España y de sus empresarios, quién sabe, cuando les veamos apoyando la subida de salarios mínimos, luchando por minimizar las horas extras y la siniestralidad laboral. Porque para el empresario tipo de la CEOE (hay empresarios de todo tipo, pero hay más de un tipo que de otro) “hablar bien” de un país es decir que su clase trabajadora da poca guerra. Las deslocalizaciones de grandes empresas no son motivadas (solo) por una clave económica sino por la estructura laboral. Países poco conflictivos con gobiernos conniventes con las jerarquías empresariales. Nos quieren hambrientas, nos quieren calladas, nos quieren sumisas.

Pero esto no se queda aquí. Cuando oigo hablar al prior del Valle de los Caídos pienso que es en 1936 donde he despertado, porque él sí que se ha amanecido levantisco. Dice, se atreve a decir, que el gobierno no puede actuar en el Valle de los Caídos porque aquello es terreno sacro. Si vamos a volver a 1936 podemos volver a alzar a Franco, pero esta vez con la ayuda de una grúa en lugar de la de la clase militar. Nos da lo mismo lo que hagan con sus restos mientras se los lleven del parque temático. No iremos tan lejos como para sugerir que lo entierren en una cuneta desconocida, acompañado por tantos cadáveres forzadamente anónimos que han hecho de las carreteras, prácticamente, zona consagrada. A ver si alguien se va a sentir molesto.

“¡Hay que votar a Franco!” “¿Qué dice?” “¡Que hay que sacar a Franco!”
“¡Hay que votar a Franco!” “¿Qué dice?” “¡Que hay que sacar a Franco!”

Parece que nos quisieran devolver a la época en que los eclesiásticos afirmaban que, si el poder temporal colisiona con el poder eterno, es a este último al que debemos obedecer. El “poder eterno” son ellos, claro, como omiten con estudiada conveniencia. Y ya ves tú, hay gente que con todo les parece buena idea. A dios rogando y con el mazo dando. Eslóganes modernos de la Edad Media que ahora quieren pasar por vintage cuando, en realidad, sólo son rancios.

Hemos dejado olvidado en el armario nuestro traje de buenos súbditos, el de trabajadoras sumisas, el de feligresía complaciente. Da igual que nos digan que obedezcamos, que alabemos al patrón o que remover mausoleos es reabrir las heridas. Porque estas no cierran si no se limpian. A veces hay que reabrirlas y desbridar, quitar la materia muerta y, entonces sí, taparlas y dejar que el tiempo lo devuelva todo a la normalidad.

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