Sapere Aute: conociendo a Luis Eduardo

Creo que la primera vez que me planteé escuchar seriamente a Luis Eduardo Aute fue por orden de mi profesora de literatura del instituto. Nos trajo una grabación de “Al Alba” que escuchamos haciendo corro y, al terminar, nos reveló que era una forma de alborada: un canto al alba que separa a los amantes. No era gratuito: el día anterior nos había pedido que le pusiésemos un ejemplo moderno de alborada y se había hecho un silencio sepulcral en la clase. Así que aprovechó el final de la canción para hacernos notar que éramos unos burros, que teníamos la sensibilidad de una anénoma y que sólo alcanzaban más altas cotas de burricidad los docentes que antes hubiéramos tenido, culpables subsidiarios de nuestro calamitoso estado cultural. Nunca he visto a nadie insultar como ella.

Por aquel entonces yo tenía pocas referencias de Aute. Le sabía autor de “Una de dos”, una canción de tinte cómico y probablemente rayano en lo escandaloso que anticipa el poliamor más normalizado de la actualidad, y esa comicidad me había llevado a pensar que se trataba de un artista en clave menor. Por eso no sabía muy bien cómo encajar las imágenes zozobrantes de “Al Alba”, más aún cuando me revelaron que en realidad se trataba de una canción sobre los últimos fusilamientos del franquismo1.

Lo que no sabía es que el azar me había mostrado sendas canciones que representaban dos de las características más marcadas de su obra: La solemnidad y lo humorístico, por contradictorio que parezca.

Por aquel entonces la música era cara, no había internet para descargársela y yo estaba muy ocupado con los trabajos de la adolescencia, así que ahí quedó la cosa. Pero resultaba que “Al alba”, canción que no pertenecía a nuestra generación, sí que se hacía nuestra. Resultó que se nos había quedado. Resultó que conseguimos la letra porque muchos de nuestros padres la recordaban. Resultó que les extrañaba que nos gustara. Resultó que era interesante explicar las tardes del sábado, haciendo el tonto por la calle con la pandilla, que, en realidad, era una alborada, como si fuese algo en cuyo descubrimiento tuviésemos algún mérito.

Gracias a la biblioteca pública pude escuchar “Babel” y “Sarcófago”, y me sorprendí, escandalizado de la risa, que en este último hubiera una canción con el título de “Una Ladilla”, lo que parece más apropiado de La Polla Records que de un cantautor, pero ya ven. Compré los dos discos cuando fui buenamente pudiendo, lo cual nos demuestra lo malísimo que es para la industria que las bibliotecas presten discos.

Años más tarde, cuando me hice con una guitarra, “Al Alba” fue una de las primeras canciones que destripé, afinando a penas, poniendo gesto cariacontecido como marcan los cánones. Devoré sus obras clásicas, menos conocidas para mí, con la recopilación de “Auterretratos”. Fui a escucharle presentar un disco a la FNAC, pirando clase de Francés2, en plena eclosión de Operación Triunfo. Yo, que no suelo tener interés en escuchar a los artistas más allá de lo que expresen en su obra, hice una excepción, y hasta lancé una pregunta en la sección correspondiente. Porque era Aute, joder.

Me perdí la reedición de la gira “Mano a mano” con Silvio Rodríguez porque dos días antes me llamaron para cubrir un contrato de fin de semana. El único contrato que me dieron en todo el mes, porca miseria. Mis amigos, compasivos, revendieron mi entrada e intentaron hacerme creer que el concierto no había sido para tanto. Consiguieron fingirlo durante casi dos minutos.

Creo que después mi vida se aceleró a la misma velocidad que la conexión del ADSL, haciendo que internet empezara a funcionar mejor y cambiando completamente mi manera de relacionarme con la música. Cada vez era más raro levantarse hasta la estantería para buscar un CD. Y aún así, de vez en cuando… No sé cómo de sencillo es escuchar poesía musicada con la velocidad de rotación de la tierra actual, pero sé que a mí, al menos, se me ha complicado.

Así y todo, últimamente, cada vez con más frecuencia, comprobaba en una búsqueda rápida que Aute siguiese vivo porque tenía miedo de que se me pasase la noticia de su deceso, como me ha ocurrido con otros fallecimientos que me pasaron de largo. No me digan por qué. Creo que tenía el miedo –infundado– de que no fuese noticia reseñable. Cada vez que metía las palabras en google tenía la sensación de que era la última.

Quizás lo hacía por simple admiración a la osadía de una persona que podía cantar la inmensidad del universo con la misma entonación con que glosaba el sexo oral, las hordas de arcángeles descendidos del cielo o la liberación callejera de Lucifer. Por respeto al cantautor más genuino de la transición, al atrevimiento de cantar a lo que le viniera en gana, a la negación a cambiar libertad por dinero. Por el último de una generación.

De alguna manera tendremos que olvidarle, pero no daremos facilidades.


  1. Lo cual parece ser que no es del todo cierto ↩︎
  2. De verdad. ↩︎

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