El barco del Rey

La verdad, tampoco podemos decir que nos estuviese engañando. Bien nos lo avisaba con el nombre del barco. Porque el rey emérito, regatista consumado, competía montado en el Bribón. No se llamaba su barco el Campechano, el Hobbit o el Velutino, no. Se llamaba el Bribón. Y, tal vez, entre regata y regata, preguntaba si podrían atracar un momentito en Suiza para dejar unas maletas. Que Suiza no tiene mar, pero a un rey no se le lleva la contraria.

Así iba el rey emérito, por entonces solo rey, ganando regata tras regata montado en el Bribón. Era la época en que en este país quien no era monárquico era juancarlista. Bueno, también estaban los radicales, pero había que ser muy radical (comunista, etarra o harekrishna) para no ser partidario de Juan Carlos I.

Además, rara era la semana que un reportaje no nos recordaba que el rey emérito era un consumado regatista. Hablamos, en general, de un experto consumador. Lo cual, bien pensado, le ha traído no pocos problemas. Hueso a hueso, elefante a elefante, consumación a consumación.

En realidad el barco no era suyo: era prestado. Los reyes no tienen cartera: no se sabe si porque son muy pobres o porque está todo pagado. Por eso a los reyes les llama la atención que haya gente pobre, con lo barata que es la vida. Siempre les van regalando caballos, yates, coches. Si tienen hambre, van a un restaurante; si tienen sed, a una bodega. No roban: como monjes mendicantes, se limitan a tomar lo que necesitan. Como menesterosos, sin nada a su nombre, pero sin las penurias asociadas.

Por eso llama la atención que digan que el rey emérito, cuando solo era rey, donara 65 millones a una amiga. Pero es que el rey emérito es, ante todo, amistoso. Aunque no tenga cartera, ese dinero se lo habría dado otra amistad, explicaría si le dejaran, y el dinero ya se sabe que hay que moverlo. Y es que el rey emérito se desvive por ver feliz a la gente, y eso nunca puede ser un crimen. Muy amigo de sus amigos.

Todo eso nos lo explicaría si pudiera, pero está atrapado por la ley, que dice que es irresponsable. Así que dice que tiene que callar. Es una situación paradójica y casi trágica, bien mirado.

En el gobierno dicen que eso son cosas de familia, y que queda feo meterse. Que somos una democracia moderna, de esas que tienen jefaturas de estado hereditarias e inviolables. Moderno pero clásico. Funcional. Que qué buen día se ha quedado y que qué transición tan ejemplar. Pero no se crean que no ha habido consecuencias gravísimas.

Para empezar, el hijo del rey emérito, que ahora es rey a su vez, se ha manifestado y dice que, cuando proceda, no aceptará la herencia de su padre. Caray, no se anda con chiquitas Felipe VI. Seguro que así aprende. Pero no solo eso: también le ha quitado la asignación. Se lo juro. Tendrá que andarse con ojo, el rey emérito, porque parece que está a un aviso de quedarse sin móvil durante una semana. No olvidemos que vive, imagino que con ciertas apreturas, en casa de su hijo.

Y puede uno imaginarse que el pobre Rey emérito quizá no entienda nada. Como cuando empapelaron a su yerno por seguir con el negocio familiar. Como se ha hecho siempre. Es posible que no comprenda que tal vez haya hecho algo incorrecto. “Pero si lo decía el nombre del barco…”. El barco del rey, ya saben: el Bribón.

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