Un solo COVID, dos formas de morir

Hoy estuve hablando con una antigua conocida que me encontré por la calle. Bueno, no estoy seguro, dado que iba ataviada de mascarilla, gorro y gafas de sol reflectantes. En Asturias, en años normales ya no sabes para qué estación vestirte cuando sales de casa por la mañana, así que en pandemia ni te cuento.

Dadas mis dudas sobre su identidad hice lo único sensato: ir planteando, de forma cautelosa, preguntas cuya respuesta sólo ella pudiera conocer. Por desgracia, había un problema: no la conozco tanto. Eso dificultaba el escrutinio.

“Pues vaya disgusto que tengo” me dijo, ajena a mis turbulencias interiores. “Resulta que se ha muerto mi tío abuelo. Encima, en la segunda ola, el pobre”.

Musité un pésame por debajo de la mascarilla y estudié su reacción. No concluyente.

Se está poniendo complicado saber con quién hablas

“Vaya faena”, siguió,”la verdad es que casi no nos veíamos, pero estaba muy bien. Quitando la demencia, la diabetes, la colitis necrosante y la hemiplejia casi no tenía nada. Y, encima, le va a pasar en la segunda ola, al pobre”.

Seguí intentando vislumbrar sus facciones tras las gafas de espejo. Llené mi turno de conversación reflexionando con torpeza sobre la fugacidad de la vida, pero mi esfuerzo parecía innecesario. Por lo visto, en esta conversación solo se me exigía mi presencia. Bueno, y morder el anzuelo preguntando que si no daba lo mismo morir en la primera o en la segunda ola. Me miró escandalizada.

Quitando la demencia, la diabetes, la colitis necrosante y la hemiplejia casi no tenía nada. Y, encima, le va a pasar en la segunda ola, al pobre”.

“No, qué va. Verás”, me explicó, “la gente que murió en la primera ola era más importante. No exactamente héroes, más bien algo así como víctimas del terrorismo. Gente que merece nuestra admiración y compasión, aunque técnicamente su mérito sólo haya sido morirse. Y sus familias parecen deudoras de la comprensión de toda la sociedad. Pero en esta segunda ola es como si ya nos hubiéramos acostumbrado”.

“Mi tio abuelo estaba perfectamente de salud, quitando cuatro cosillas”

Pestañeé un par de veces y señalé que el número de muertes de esta segunda ola no era para nada desdeñable, apuntando a un estanco cercano como si eso fuese un argumento. Como si todos esos periódicos sostuvieran ataúdes sobre sus hombros de papel. Por supuesto, no dejé de escrutar su reacción mientras gesticulaba. Los muertos, muertos son, sean de la primera ola o de la segunda. Y el que muere no vive más, como decía aquella canción de Mecano, una de las escritas cuando ya iban justitos de metáforas.

“Ya lo sé, ya lo sé. Pero no es lo mismo. Los muertos de la segunda ola ya no son tan noticia. Ya estamos acostumbrados. No estamos encerrados para pensar en ellos día sí, día no. Si serás tú el siguiente. Antes se llevaba la máscara como un yelmo. Ahora, como un suplicio. Incluso hay gente que te dice que es una pena que haya muertes, pero que no tanto como para tener los bares cerrados”. Abrí la boca para responder, pero no había acabado. Cerré la boca en la intimidad de mi mascarilla, pensando en los aerosoles.

“Los muertos de esta segunda ola son como los fallecidos en accidente de tráfico: es algo lamentable, pero se les ve como cosas que pasan. Se pueden reducir, pero no evitar. Como el peaje que hay que pagar para mantener nuestra forma de vida”.

Los muertos de esta segunda ola son como los fallecidos en accidente de tráfico: se les ve como cosas que pasan.

Pensé en la historia de la humanidad. Pensé en todo lo que hemos conseguido normalizar. Pensé, no sé, en señores feudales que venían a arrebatarte a tus hijos para que murieran en alguna guerra de la que no habías oído hablar, y en que te levantabas al día siguiente, carraspeabas y te ibas a plantar berzas, porque ¿qué ibas a hacer si no? Lo puedes llamar resiliencia, o tragar mierda y tirar para adelante. Parece que nos acostumbramos a todo con independencia de su gravedad, ya sea que estén haciendo jabón con los del barrio de al lado o que venga la gripe un poco más fuerte de lo normal y la mortalidad sube un 0,4 por mil.

Me paré a recordar las campañas contra los accidentes de tráfico y campañas contra el coronavirus. Y cómo hemos pasado de aplaudir a las ocho a quejarnos porque no nos cogen el teléfono en los centros de salud.

En el Centro de Salud. Tiene tapones de cera.

Supongo que por eso al hablar de la pandemia unos vean coronaterrorismo y otros que no hay motivo suficiente para parar la navidad. O los que dicen que si no dejan abrir los bares, los abrirán de todos modos. O los que compran billetes de vuelo baratos para poder ir al bar del aeropuerto. Somos una especie de monos muy curiosa. Lo que hace unos meses parecía tan grave ahora parece una inconveniencia relativa. Es todo muy confuso, sobre todo si en Nochebuena soléis cenar siete.

“Venga, marcho que llego tarde”, oí que me decían, arrancándome de mi ensoñación. “Da recuerdos a tu madre.”

¿Mi madre? ¿Pero qué tenía que ver mi madre con todo esto? ¿Con quién había estado yo hablando?

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